Esta carta —o la pretensión de misiva— va dirigida a las profesoras y los profesores que todos los días se dejan la piel, el corazón y la razón ante sus estudiantes, con el propósito de contribuir en su formación. En la vida, hay circunstancias que nos marcan para siempre. En el espacio-tiempo en el que … Continuar leyendo
Esta carta —o la pretensión de misiva— va dirigida a las profesoras y los profesores que todos los días se dejan la piel, el corazón y la razón ante sus estudiantes, con el propósito de contribuir en su formación.
En la vida, hay circunstancias que nos marcan para siempre. En el espacio-tiempo en el que vivimos, los caminos que transitamos se tornan diversos, complejos, inciertos. Vamos escribiendo historias imborrables, inimaginables, perpetuas. Las diferentes rutas que se nos abren, o que abrimos, dan paso a experiencias que solo los navegantes a Ítaca pueden transitar. Al fin y al cabo, como reza este poema, solo el viaje podrá enseñarnos y transformarnos. Es decir, en la vida, los destinos y los finales son importantes, pero es el recorrido el que nos llena de experiencias esenciales e inimaginables.
Decidimos emprender el viaje de la enseñanza como una oportunidad de ayudar a otros a transformarse. Pese a que algunos piensan que son los docentes quienes transformamos, estoy seguro de que la gran mayoría de nosotros, los profesores, somos conscientes del papel de facilitadores que tenemos en la sociedad. Orientamos, guiamos, respaldamos, ayudamos a construir preguntas, para que sean nuestros estudiantes los que vean en nosotros una posibilidad de aprendizaje. Una, entre muchas, sin lugar a dudas.
Descansamos poco. Entregamos diariamente nuestro corazón y nuestra razón para que las ciencias y las disciplinas sean esos vientos que dirigen los barcos a diferentes puertos. Los navegantes, nuestros estudiantes, hacen grandes esfuerzos para enfrentar la inmensidad del mar. Incluso se topan en muchas ocasiones con tormentas que logran hacer tambalear sus navíos. Incluso, en ocasiones, haciéndolos hundir en medio de la inmensidad. Y allí estamos nosotros, incansables, guiándolos en cada legua avanzada, en cada momento de confusión, en medio de las tormentas e incluso en situaciones de naufragios. Ahí estamos, con ese espíritu de servicio que nos caracteriza.
Sin lugar a dudas, son muchos los viajes que hemos hecho. Navegando por diferentes rutas, ninguna igual. Irrepetibles todas. Así mismo, nunca nuestras experiencias han sido como moldes en yeso, estáticas, inamovibles. Todas han sido únicas, tanto para nuestros estudiantes como para nosotros. Y es allí, en donde está la magia de ser maestro.
Por eso hoy, queridos maestros, no dejemos que nuestro corazón se rinda y renuncie a tan trascendental actividad que hacemos todos los días. Por más que nuestro cansancio físico y mental nos invite a dejar todo tirado, no dejemos de disfrutar este viaje por un océano retador, no cartografiado, no navegado por ningún hombre.
Somos privilegiados de conducir un barco en medio de esta tormenta. Incluso, somos privilegiados de escribir una historia que marcará un antes y un después de la educación en todo el mundo. Buen viento y buena mar.
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