Cuando escribí y publiqué mi última columna y videocolumna, «Los celadores y el progreso», no pensé que iban a tener tanto alcance.
En TikTok, por ejemplo, superó las 250 mil visualizaciones, más de 4500 me gusta y casi 1200 comentarios. En los comentarios ocurrió algo particular y relevante. Más allá de los debates que se tejieron sobre la tecnología, el progreso y el trabajo; y más allá de las poco entendibles confrontaciones de uribistas y petristas, algunas personas manifestaron su inconformismo frente al uso de la expresión «celadores».
Me dijeron que esta palabra ya no se usa, que es incorrecta o que pertenece a otro tiempo. La verdad, al escribir y publicar esa columna, no dimensioné el transfondo de la palabra. Por eso agradezco cada una de esas opiniones, porque detrás de ellas hay algo esencial: la preocupación por el significado de las palabras. Y eso es una manera de cuidar el mundo
La palabra celador tiene una historia larga y significativa. Proviene del verbo celar, que en latín (zelare) significa “velar con celo” o “cuidar con esmero”. En su origen no se refería solo a vigilar, sino a ejercer un cuidado afectuoso, comprometido, casi amoroso. Durante buena parte del siglo XX en Colombia, el celador fue la persona encargada de custodiar escuelas, barrios, hospitales, universidades o conjuntos residenciales. Su labor no se limitaba a abrir puertas o verificar accesos: implicaba una presencia cercana, una conversación cotidiana, una forma de vínculo. Era, más que un trabajador de seguridad, un guardián de la confianza.
Con el paso del tiempo, el país cambió. En 1994 se promulgó la Ley 356, que reguló el sector de la vigilancia privada y reguló este oficio. A partir de entonces, aparecieron nuevas denominaciones: vigilante, guarda de seguridad, supervisor, operador de medios tecnológicos. Cambió el vocabulario y se transformaron los modos de ejercer la función. Pero la palabra celador no desapareció del todo; permaneció en la lengua cotidiana, en las conversaciones de barrio, en los saludos que aún conservan la calidez de lo conocido: «cela, buenas tardes»; «cela, muchas gracias por todo».
No se trata, por tanto, de contraponer unas palabras a otras. Celador, vigilante y guarda de seguridad nombran el mismo propósito de proteger, cuidar, estar atentos. Cada término pertenece a un contexto distinto, y todos son legítimos. Las palabras, como los oficios, evolucionan con el tiempo, pero conservan un hilo que las une: el de la responsabilidad hacia los otros.
Por eso en Colombia seguimos diciendo «celador», «cela». No por irrespeto ni por resistencia al cambio, sino porque esa palabra guarda una memoria afectiva, un eco de humanidad. En ella reconozco y reconocemos a quienes, desde una caseta o una portería, sostienen silenciosamente la sensación de seguridad que permite que los demás vivamos tranquilos.
Celadores, vigilantes o guardas: todos comparten la misma vocación. Son quienes velan por nosotros, de día y de noche, en el frío o en la lluvia. Y recordarlo —con las palabras que nos han acompañado— también es una manera de agradecerles.
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