Abelardo, autoproclamándose a voces que nadie escucha como el “salvador de Colombia del comunismo”, detectó que tener en la red un historial público completo y revelador, no es recomendable activo electoral.
Quienes consultamos estos pormenores en plataformas adecuadas, verificamos que desde mediados de agosto su biografía se evaporó de la enciclopedia digital más consultada del mundo. Trama sugestiva que daría para numerosas columnas de opinadores, de una u otra orilla, en torno a turbadores datos biográficos y laborales del personaje. Continúo con el paralelo entre Cepeda y Abelardo. Cepeda, apela a sectores de izquierda, a víctimas del conflicto, a comunidades y grupos históricamente marginados, a reconocidos movimientos de derechos humanos, a la alta correlación de jóvenes progresistas, a quienes valoran la reciente o pretérita memoria histórica y las transformaciones estructurales. Su historia personal y familiar, le da potente simbolismo en relación con el conflicto armado y la defensa de víctimas. Abelardo, atrae ciudadanos desencantados con la izquierda, enemigos inconsistentes y pueriles de Petro cuyas ideas de orden las basan en guerra, violencia y miedo; con aspiraciones de transformación conservadora, vetustos valores tradicionales, seguridad y estabilidad. Su ostentoso perfil de “outsider mediático”, es un peligroso anzuelo para sectores urbanos, clases medias o medias-bajas, preocupadas por la seguridad o la economía. La acentuada polarización entre bases de uno y otro, puede ser considerable. Mientras Cepeda representa la paz, justicia social y sectores progresistas, Abelardo encarna la más descerebrada reacción ultraconservadora y urfacista: orden, mano dura, eliminación del pensamiento opuesto al suyo, fortalecimiento de los valores tradicionales, defensa del statu quo económico, desconfianza total hacia cuanto, sin elementos políticos ni ideológicos, denomina “izquierda radical”. Esto instituye un escenario sociológico de tensiones profundas: quienes buscan la progresista continuidad de transformaciones, contra quienes -por todos los medios- ambicionan revertirlas o redefinirlas desde la antidemocrática óptica conservadora y hegemónica. Tal dualidad, puede reactivar divisiones históricas del país: memoria, contra olvido; justicia, contra seguridad; cambio estructural, contra orden institucional. Cepeda, con sus coherentes propuestas de base humanística, dignidad y memoria, derechos colectivos y solidaridad ubicándolo cada día más alto en las encuestas, y acrecentando su imagen presidencial, formula un Estado reconocedor de los derechos humanos, justicia social, inclusión de víctimas, transformación estructural y reconciliación histórica. ¿Qué grupos de jóvenes o adultos colombianos, no quieren esto? ¿Qué arquetipo biológico y moral de corazones, puede anhelar lo contrario? Su íntegro recorrido humano y político demuestra, en Cepeda, compromisos sociales con la realidad colombiana contemporánea, superiores a los de su contendiente. Para Cepeda, la paz no es solo ausencia de guerra. Es transformación social. Atención a regiones. Reparación y justicia social. Abelardo, por el contrario, ratifica un Estado garante del orden hegemónico, seguridad para los privilegiados y propiedad privada con todas sus falencias neoliberales.
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