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Chao, Uribe

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 7 mayo 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Desde hace cerca de veinte años escribo en contra de esa subcultura de la ilegalidad y de la exclusión representada por Álvaro Uribe Vélez. Desde su ponencia de la ley 100 de 1993, cuando fungía como congresista, hasta el día de hoy su acción política, enmascarada con el populismo de derechas y su presunta bonhomía … Continuar leyendo

Desde hace cerca de veinte años escribo en contra de esa subcultura de la ilegalidad y de la exclusión representada por Álvaro Uribe Vélez. Desde su ponencia de la ley 100 de 1993, cuando fungía como congresista, hasta el día de hoy su acción política, enmascarada con el populismo de derechas y su presunta bonhomía de padre cuidador, ha llevado al país a ser más pobre y ha gestionado la pérdida de los valores éticos que habíamos heredado de nuestros padres.

Uribe Vélez volvió normales la violencia y la corrupción, las naturalizó, y se dedicó a estigmatizar cualquier idea liberal o progresista que floreciera en Colombia. La ocurrencia por cuenta de su gobierno de los 6.402 falsos positivos es una tragedia colectiva sin parangón.

Al Quindío, por ejemplo, lo volvió su pequeño laboratorio de la triquiñuela y el encubrimiento, su pedacito de cielo. Me explico: Diego Palacio Jaramillo, Bernardo Moreno Villegas y Luis Carlos Restrepo, sus exfuncionarios, y millares de sus votantes, se dejaron embaucar interesada o ingenuamente de su retórica pútrida. Unos por poder, otros por convicción conservadora, fueron convencidos por sus dotes de prestidigitador de las sombras.

El chao Duque es solo el grito desesperado de una mayoría de colombianos, digna, que ya no aguanta la ignominia acumulada durante más de dos decenios.

Los 1.181 casos de violencia policial, sin control entre el 28 de abril y el 3 de mayo, hace parte de esa tragedia, encarnada por una fuerza pública que hoy no representa a la nación. 24 personas asesinadas en la calle es el resultado de una masacre aupada por los políticos tradicionales, al estimular que la policía dispare sin discriminación contra los manifestantes. Las 56 denuncias de desaparecidos en el curso de las movilizaciones, sin datos de su paradero, es una ausencia deliberada que abre una herida profunda en sus familias.

Cuando los jóvenes de Colombia dicen chao Duque es un adiós a las políticas de Uribe Vélez. El dolor por las 9 víctimas de abuso sexual durante estas marchas destruye el poco respeto que aún había por la Policía Nacional. Parece que los comandantes del cuerpo policial, y su obtuso ministro de Defensa, no entienden que la falsa legalidad no presta legitimidad a sus acciones.

Nadie entiende cómo 17 jóvenes, como un plan en desarrollo, fueran heridos en sus ojos con el objeto de causar terror en los grupos de protesta. El vandalismo, al final, fue provocado en buena parte por agentes encubiertos y por grupos privados para desestabilizar las marchas.

Las calles pintadas en contra de Uribe Vélez, en cientos de pueblos y ciudades de Colombia, es un mensaje contra la élite que gobierna, una camarilla corporativista y cruel que vive en un mundo alterno, en una burbuja de privilegios.

La locura de Uribe Vélez contagió a Colombia. En las noches, ahora, se instalan campos de batalla para ejércitos particulares que disparan sin piedad contra los muchachos.

Es el comienzo del fin. Las tinieblas ya casi terminan.


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