Escribía Rosa Montero, la autora española, defensora de la causa feminista, en relación con la cultura y la pandemia, una frase del pintor Georges Braque, que cita a menudo: “El arte es una herida hecha luz”. En efecto —dice ella—, ¿qué podemos hacer con las heridas de la vida sino intentar convertirlas en luz para que no nos destruyan?
Durante los días pasados de cuarentena, hemos visto cómo los productos de la cultura hacen de nuestro tiempo y lugar un escenario más llevadero en medio de una sociedad privada, para su conveniencia, de su libertad de locomoción.
El arte se comparte, se transmite y busca almas que lo deseen encontrar, lo recreen y lo reciclen en medio de tanta basura de la cotidianidad.
El arte nunca ha dependido, totalmente, del aparato estatal para inventarse, pero en los últimos decenios su gestión ha facilitado la vida de los creadores, una comunidad marginal por convicción y por intención y acomodo del poder político y económico.
En el Quindío estamos estrenando secretario y gestores de cultura en las administraciones, y su trabajo apenas inicia, y eso se puede entender. Lo que no se puede comprender es el canibalismo social de los sectores comprometidos en una lucha fratricida en el campo cultural.
Me explico. El exsecretario James González Matta auspició una severa división de las artes escénicas del Quindío, metiendo en un solo bolso, con su intención torticera, a quienes no estaban con su administración. Acusó, acusó, y nunca comprobó sus diatribas.
Ahora, sin reato y vergüenza alguna, ataca al nuevo secretario, a quien desde mi época de consejero nacional de cultura no me unen nexos, para que nos entendamos. ¿Por qué tanta persecución contra una administración que apenas arranca?
Hace pocos días, con la maña oculta y taimada de González Matta, llevó su intención de volver al poder, por interpuesta persona, a una reunión de los patrones de Armenia, es decir, de la cámara de comercio y sus élites aliadas.
Se alió, para sacar a los nuevos gestores de la secretaría, con quienes, desde hace decenios, son enemigos personales por convicción de la cultura del Quindío, como lo han sido algunos directivos de la cámara de comercio, quienes no gestionan nada para el arte y para la gestión cultural en el Quindío.
Hace poco, como oportunistas que son, algunos directivos de la cámara se aficionaron por la economía naranja, con la idea de usufructuar, como lo hacen con el turismo o con la declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero, a través de convenios y contratos leoninos, esa fracasada política del Gobierno Nacional.
Tanta ligereza y mezquina práctica del poder, asquea. Tanta división, nos mata, nos hunde a quienes hoy sufrimos el fuego cruzado, el fuego amigo, de los actores culturales.
El arte es una herida hecha luz, sí. Y debe ser motivo para volver nuestros ojos al humanismo, y no a la tenaz ambición del poder burocrático.
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