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Ciudad deseada

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 4 noviembre 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Si bien la oralidad, sus pirotecnias verbales, nos ha atraído desde la aparición de los narradores tradicionales, de los culebreros, de los políticos retóricos en los barrios, de los relatores en la radio, de los trovadores, o de los extintos declamadores de poesía, la publicación de libros, la formación de escritores, hacen parte de un propósito social, en lo local, inacabado.

En el Quindío la oralidad, a veces desmesurada y mitómana, nos saca una sonrisa, entretiene y nos saquea una porción de rigurosidad. Alguno diría con razón que hablamos mucho y hacemos poco.

Desde la inauguración del ministerio de Cultura, el 7 de agosto de 1997, de la expedición de la Ley de Bibliotecas en 2010, o con la formulación del Plan Departamental de las culturas, Bio-cultura 2013-2023, el libro, como artefacto de conciencia, y la creación de la biblioteca departamental, como un reservorio de memoria y una experiencia cultural, o la misma formulación de un derrotero financiado de lectura y escritura, esos lingotes juntos, son el tesoro a encontrar en el fondo de las ollas verdes de nuestras montañas.

Reconvertir al Quindío de una sociedad fallida, por sumisa y corrupta, en una comunidad del conocimiento implica poner al libro, al pensamiento científico y humanístico, en el centro de nuestras preocupaciones y resoluciones.

Este circunloquio me sirve como el paso por un camino trazado por las ilusiones y, también, por las calles de Armenia. Lo digo porque en medio de tanta medianía conceptual la irrupción cultural de las librerías Libélula, El Quijote y Pensamiento Escrito, como gestoras de ideas, de memoria y de conversaciones —¿Por qué se obstinan en decir conversatorios? —se ha vuelto un paradigma común que crece. Nuestras librerías ya son mojones en la geografía del deseo de ser otros y otras.

Dejó como secuela la pandemia una nueva realidad en el centro y en norte de Armenia. Lugares para descansar el espíritu y para arrellanarse en la percepción de lo inútil de ir por la vida con el acicate del afán.

El año pasado la industria editorial tuvo un inusitado crecimiento. En España de un 2.4 en 2020 se pasó a un 5.6 por ciento en ventas de libros, que se tradujeron en 2.576 millones de euros. En ese país las literaturas infantil y juvenil crecieron un 17.8 por ciento.

Por su parte el Observatorio de prácticas de escritura y lectura de Bogotá registró que de un 2.7 se ascendió a 4.6 libros leídos, con lo se infiere un aumento de frecuencia lectora después de 2020. Leemos más, dicen.

El liderazgo de Daniel Gómez en la Librería El Quijote, de Carolina Gutiérrez y Juan Carlos Murcia en Pensamiento Escrito, y de John Isaza en Libélula, son agua fresca en terrenos desertizados y una reacción civil frente a la desidia o al activismo sin destino de una parte de la oficialidad.

Se puede caminar a Armenia entre tintos y libros. Reconocer que un día fuimos una sociedad camino a la sensatez.


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