El país atraviesa un momento incómodo: muchos líderes que perdieron el poder político intentan recuperarlo, y eso ha generado, en distintos estratos sociales, sectores productivos y en la ciudadanía, tanto preocupación como entusiasmo.
Mientras unos expresan desespero, otros celebran con euforia.
Sin desconocer la crisis actual —marcada por abusos con dineros públicos cometidos por aliados del gobierno—, resulta evidente la lucha entre congresistas y sus partidos por retomar el control del país y de sus recursos. En este proceso, se diseñan estrategias que, no siempre con buenas intenciones, buscan desinformar, manipular y ocultar la verdad. Muchos congresistas han optado por agitar las emociones de la población para dominarla con fines netamente políticos, sin importar el daño que esto le cause a Colombia.
Lo más triste de esa aparente felicidad es ver a millones de ciudadanos celebrando sin saber realmente por qué. Más que una alegría auténtica, lo que expresan es una peligrosa ingenuidad. Son ciudadanos fácilmente manipulables, empujados por sus partidos o líderes, lo que refleja una profunda orfandad de conocimiento sobre lo público. Esa alegría, entonces, se convierte en un engaño, producto de la desinformación, de la falta de análisis, y del desconocimiento de los verdaderos responsables de las crisis que han marcado al país por años.
Colombia, lamentablemente, se acostumbró a vivir entre montajes y ficciones que encubren ilegalidades. La verdad ha sido desplazada, y la mentira, hoy, es la gran vencedora.
La experiencia demuestra que en los momentos más críticos se hace evidente la ausencia de liderazgo. Ese vacío permite identificar a los congresistas que realmente están comprometidos con la defensa del país. Sin embargo, lo que vemos en muchos de ellos —y en sus partidos— es lo contrario: en lugar de buscar soluciones, fomentan la división y el malestar social, aprovechándose de la ignorancia popular para presentarse como los “salvadores” de la patria.
Paradójicamente, los partidos y congresistas que nunca se interesaron por controlar la corrupción, hoy se muestran activos en esa causa. Y aunque resulte oportunista, es una acción que más que crítica, merece reconocimiento.
Si ese mismo ímpetu para ejercer control se hubiera aplicado en el pasado, durante las reformas estructurales del país, muchos de los actuales congresistas, expresidentes o excongresistas no habrían llegado al poder.
Si hubiéramos elegido verdaderos líderes, congresistas éticos y comprometidos con el bien común, hoy tendríamos una economía más sólida. No necesitaríamos reformas urgentes, porque el emprendimiento y la iniciativa ciudadana habrían superado la inercia y la miopía política de muchos dirigentes. Sin embargo, muchos de esos mismos líderes, cómodos y oportunistas, siguen abusando del desconocimiento y la indiferencia del ciudadano frente a lo público.
El día que el país valore el tiempo perdido por no querer aprender, quizás podamos renacer y luchar por esa Colombia que muchos líderes no quieren que exista.
¿Entonces, qué hay que hacer? Renovar el Congreso del país.
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