Innumerables, de difícil manejo, productos del latrocinio, del despilfarro y la corrupción durante el periodo Petro, de lejos el peor de la historia de Colombia, serán los campos de acción que tendrá que afrontar quien asuma el cargo en agosto del año próximo.
La capacidad de daño, de destrucción, predemostrada cuando ejerció la alcaldía del D.C., saltó a nivel exponencial durante la estadía del intergaláctico menticobarde en Casa Nariño. Prácticamente no hay asunto de gestión administrativa o política donde la zarpa del maligno no haya obrado.
El presupuesto nacional, cuenta de finanzas estatales donde confluyen los recursos generados por los contribuyentes y por empresas propiedad de todos, para ser empleados en funcionamiento del Estado -gastos de nómina oficial y demás rubros- e inversión, ha sufrido a manos del actual gobierno, el peor de los tratamientos posibles, al haberse multiplicado hasta lo inverosímil, hasta lo demencial, los conceptos de gasto, mientras que los ingresos, por efecto de pésimas medidas populistas, anti empresa, disuasivas para la inversión privada, han caído en picada, pese a maromas fiscales que pretenden ocultar lo evidente. Resultado: violación de topes -es costumbre desde sus campañas políticas- de la regla fiscal, instituida para proteger la salud económica del Estado, suscitando graves trastornos, tanto en la ejecución interna de recursos y proyección futura, como en la perspectiva externa de las finanzas públicas. No es caprichosa la baja calificación otorgada por las agencias crediticias a la deuda colombiana o al desempeño macroeconómico durante los años recientes. Redunda lo anterior en el círculo vicioso de malas gestiones de gobierno: a menor calificación, mayores intereses a pagar por obtención de créditos, eventuales negativas o condicionamientos de parte de los prestamistas, menor capacidad de maniobra financiera, y, lo peor, menores posibilidades del país para ascender en escalas de desarrollo y niveles de satisfacción ciudadana.
La posibilidad de pasar sin daño mayor el charco pestilente que dejará como legado el gobierno Petro, es mínimo. Es obvio, previsible, ineludible, a estas alturas, el duro sacrificio colectivo que deberemos asumir los colombianos durante los próximos calendarios, en la tarea de redireccionar la conducción económica y social hacia una prosperidad consistente, ceñida a la sensatez, al buen juicio, a la dignidad actualmente perdida, del ejercicio del poder. Las imágenes del escape de Petro y su combo de corruptos, del Capitolio Nacional, no pueden repetirse
El primer paso en la dirección correcta, es elegir la mejor de las opciones electorales de relevo para superar el horrendo trance. No se trata únicamente de nombres de candidatos. La gravedad de la situación amerita mucho más que optar por un o una líder capaz de convocar, reunir y activar voluntades hastiadas del actual estado de cosas. La idea no es sumar desesperos individuales buscando crear uno colectivo que nos lleve de nuevo a errar, corriendo como borregos detrás de figuras mediáticas, deleznables ante el menor escrutinio. Lo propio, lo responsable, es cotejar ideologías consolidadas, contrapuestas al persistente fracaso zurdo en todo tiempo y latitud geográfica, antecedentes personales y de actuar público, formación académica, principios, rasgos sociales, reconocimientos, filiaciones, sensibilidades, afinidades, de cada aspirante, antes de entregar entusiasmos sin condiciones. La oferta de nombres es extensa y variopinta. Intentemos no equivocarnos de nuevo.
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