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Con las gafas puestas

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 12 noviembre 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hace pocos días la aparición en el campo proselitista de Sandra Paola Hurtado Palacio, la exgobernadora, me suscitó varias inquietudes gruesas: primera, que ella, si bien tiene derecho a la expresión política, no lo tiene para intentar engañar de nuevo a los quindianos. Y segunda, que su patrocinado, un casi anónimo candidato presidencial, un domador … Continuar leyendo

Hace pocos días la aparición en el campo proselitista de Sandra Paola Hurtado Palacio, la exgobernadora, me suscitó varias inquietudes gruesas: primera, que ella, si bien tiene derecho a la expresión política, no lo tiene para intentar engañar de nuevo a los quindianos. Y segunda, que su patrocinado, un casi anónimo candidato presidencial, un domador de caballos, es una burla más a los colombianos que estamos preocupados y que somos víctimas, en este cuatrienio, por la inexperiencia y la banalidad del presidente de turno.

La señora Hurtado Palacio llegó a la gobernación del Quindío como una líder emergente, retadora de las mafias electoreras, y su locuacidad suscitaba alguna esperanza para la gente, más allá de las casas políticas, que aún hoy siguen haciendo su agosto con las arcas comunes.

Poco a poco ella mostró, con su soberbia infinita, a lo que iba: representaba a los mismos políticos tradicionales y su gobierno fue una decepción en todos los campos, porque la corrupción y el autoritarismo fueron sus enseñas. 

De hecho, fue inhabilitada por la Procuraduría General de la República y muchos se quedaron esperando que la Fiscalía hiciera su trabajo completo, pero ella supo resguardarse entre abogados costosos, pero entrenados en la búsqueda de la impunidad. 

Ah, y además, como hacen por estos lares de confesiones, se puso en las manos de un Dios prefabricado por ella para garantizar en su imaginario la disolución de la justicia y para simular arrepentimiento personal. ¿Por qué los politiqueros se ponen en manos de Dios y no de la justicia terrenal? ¿Por qué creen que sus oraciones y abluciones los limpian de su prepotencia y en especial de su torticero manejo del presupuesto público?

No obstante, lo más preocupante para mí es la aceptación pasiva de la sociedad quindiana de la impunidad y su glorificación con el silencio. Algunos periodistas de nuestra región salieron a lanzar zalemas y a hacer bombo por la aparición de una mujer que destruyó, con su homóloga de la alcaldía, la señora Luz Piedad Valencia, lo poco que quedaba de ética ciudadana en el sector político. Ambas, desquiciadas por su sed de poder y por su ambición desaforada, convirtieron las oficinas públicas que dirigieron en sus propiedades particulares, con lo que retrocedieron al Quindío en su desarrollo.

El lema de la exgobernadora con las “botas puestas” podemos trastocarlo, para graficar la sumisión colectiva ante la anomalía, con las “gafas puestas”. Miramos para otro lado, o con lentes oscuros para desentendemos de la mayor debacle moral y de la peor rebatiña ocurridas en el aparataje público del Quindío.

El centro democrático, y las demás colectividades políticas, que repelen en sus estatutos la corrupción, deberían manifestarse en público por la llegada de esta dirigente política al debate electoral.

¿En dónde están los periodistas y académicos que cuestionan la corrupción en Bogotá y que se rasgan las vestiduras ante los grandes escándalos, y que ahora guardan silencio ante lo ocurrido en nuestro solar?
 


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