Mantiene la prensa de Estados Unidos una dura pugna contra la soberbia, desprovista de humanismo, de Donald Trump. Desde el periodismo independiente, hasta los conglomerados de medios —excepto Fox News— intentan regresar la cordura a la conducción del gobierno. Las mentiras de Trump —como pasa en Colombia con Uribe, en Brasil con Bolsonaro—, convertidas en … Continuar leyendo
Mantiene la prensa de Estados Unidos una dura pugna contra la soberbia, desprovista de humanismo, de Donald Trump. Desde el periodismo independiente, hasta los conglomerados de medios —excepto Fox News— intentan regresar la cordura a la conducción del gobierno.
Las mentiras de Trump
—como pasa en Colombia con Uribe, en Brasil con Bolsonaro—, convertidas en verdad o en verdades a medias por sus áulicos, ya son leyenda. Han terminado por llevar a su nación, su sistema de salud y su economía, a un estado crítico de postración.
Para muchos ese país, en medio de su cuestionable intromisión en otras regiones del planeta, por su educación y cultura, había configurado un blindaje contra el racismo, la xenofobia, la exclusión, y no era así. Solo eran fenómenos escondidos por el consumismo y por el espíritu de competencia de los norteamericanos.
La aprestigiada competitividad en el comercio mundial, cacareada por muchos, es solo la radicalización del egoísmo en las relaciones humanas. Es la mejor estrategia para comernos unos a otros e impulsar un canibalismo que nos destruye y que oculta, por sus cortinas de humo de exitismo efímero, la oscuridad de nuestros instintos.
En la tradición de nuestra prensa en Colombia, en el contexto de sus silencios frente a la pobreza o a las acciones de las familias políticas, pervivía un espíritu libre en decenas de periodistas y caricaturistas que no tenían un precio, ni exhibido en vitrina y menos debajo de la mesa contractual del Estado.
Pero si bien los medios, con la glorificación de la banca y de los intermediarios como base de la economía, fueron pasando a manos de los nuevos ricos del país, lo más grave es la manera casi sistémica como los periodistas cayeron de rodillas ante los corruptos y mafiosos o ante los políticos que aglutinaban vicios de ambas orillas.
Asesinado por las balas de la mafia don Guillermo Cano, para muchos es solo una efigie en un santoral que, ellos mismos, descuajan de significado. El contubernio entre los narcotraficantes y los políticos, después de la muerte de Galán y de Cano, está a la vista: somos una narcodemocracia, casi inviable, atrapada por corruptos en su bolsa biodegradable.
Lo ocurrido por las decisiones tomadas por la Corte Suprema de Justicia y el exsenador Álvaro Uribe, en relación con nuestros periodistas y medios masivos, da grima. La sumisión de Vicky Dávila y de María Isabel Rueda en una entrevista empapada de militancia, solo explica lo que ya sabíamos: ya casi tocamos fondo.
Aquí en Quindío no hay muchas excepciones. Hay negocios y privilegios para unos. Supuestas voces indignadas de otros que tienen —que tenemos— rabo de paja.
El periodismo colombiano requiere, en las facultades de comunicación y en los escenarios de participación ciudadana, una autocrítica que cuente sus miedos, sus intereses y sus acomodos a una clase dirigente, en todos los ámbitos, convertida en vergüenza. ¿Cuándo olvidamos que el periodismo era la conciencia moral de la nación?
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