Hoy en Colombia, distintos sectores productivos, organizaciones civiles, asociaciones y, especialmente, jefes de partidos políticos —tanto tradicionales como emergentes y de oposición— han reaccionado ante el planteamiento del presidente de convocar una Asamblea Constituyente, o, como se ha pedido desde hace años, realizar una reforma a la Constitución.
El debate, sin desconocer ni eliminar artículos valiosos de la Carta, ha despertado múltiples opiniones y reacciones, haciendo que, esta vez, la discusión sea más interesante.
Sin embargo, por los intereses que hay en juego, se evidencia cómo este gran debate nacional ha sido cerrado por la clase política, con apoyo de algunos empresarios, en su afán de mantener la Constitución tal como está. Han desviado su verdadera importancia, lanzando comentarios alarmistas, como los ampliamente difundidos en medios, insistiendo en que el presidente no está facultado, o que no cumple los requisitos exigidos por la ley. Pero más allá de si es legal o no —algo que muchos de ellos conocen a fondo— lo cierto es que han guardado silencio sobre otras vías posibles para anticipar los cambios que el país necesita. Es hora de mirar más allá, con conciencia de lo que nos afecta como nación. Si de verdad soñamos con otra Colombia, debemos empezar a construirla con firmeza antes de que sea demasiado tarde.
Frente a los hechos lamentables que se acumulan —problemas sociales graves, un déficit fiscal creciente, vacíos institucionales que no se corrigen— este es un momento clave que exige atención y acción. Con el respaldo de millones de colombianos que han apostado siempre por la legalidad, la transparencia y una democracia sana, no podemos seguir aplazando decisiones ni cayendo en populismos. Es urgente elegir congresistas con ética, capaces de cerrar el espacio a ese daño estructural que el Congreso ha mantenido durante años sin intención de corregirlo.
Una de las peticiones más sentidas por millones de colombianos es, precisamente, renovar al Congreso y cambiar de fondo su funcionamiento. Eso implica modificar la Ley 5ª de 1992, una norma que ellos mismos se niegan a tocar, porque protege su forma de operar. Este es uno de los puntos que los partidos tradicionales y los congresistas actuales evitan a toda costa. Ante la posibilidad de una reforma constitucional, los nuevos aspirantes al Congreso también han guardado silencio, cuando deberían marcar una diferencia real frente a los que hoy ostentan el poder.
Dios quiera que millones de colombianos que sueñan con un país mejor puedan ver con claridad la realidad, y no se dejen engañar por el espectáculo que pretende ofrecer el Congreso para no desmontar la estructura que lo protege. Porque, más que defender la Constitución como afirman en todos los medios, lo que hacen es defender las barreras que ellos mismos han creado para impedir que se eliminen las herramientas con las que han jugado con el país, con sus ciudadanos y con sus finanzas.
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