La clave de la revolución futbolera de Francisco Maturana, en su Colombia de hace 30 años, fue entender que debíamos jugar como somos. Allí estaba nuestra fortaleza y también nuestra limitación. Jugar hacia los lados, engolosinados con la imagen estética de la medianía y avanzar con la lentitud de los apocados, con cierta humildad y … Continuar leyendo
La clave de la revolución futbolera de Francisco Maturana, en su Colombia de hace 30 años, fue entender que debíamos jugar como somos. Allí estaba nuestra fortaleza y también nuestra limitación. Jugar hacia los lados, engolosinados con la imagen estética de la medianía y avanzar con la lentitud de los apocados, con cierta humildad y con un poco de audacia taimada, así jugaba ese equipo de relámpagos negros. De relámpagos caídos y extintos.
Cuando fuimos al mundial de Estados Unidos, clasificados con la holgura del toque lateralizado, embriagados todos por ganar algunas batallas en campos ajenos, creímos antes de jugar que ya habíamos ganado. Nos ocurre con frecuencia. Resulta que nada pasó: el camerino se volvió trizas por cuenta de peleas internas y algunos jugadores pensaron que, en vez de sus guayos de marca, era necesario un amuleto, un sahumerio o el rezo de una bruja de Zarzal.
El fútbol es una metáfora global de nuestra realidad y una singular, en el Quindío. En general porque es un intercambio de mercenarios y esclavos, de mega empresarios y necesitados, una transacción que volvió aburrido el juego de partidos en serie, cada día y por varios canales, donde el asombro ya es un túnel solitario o el empate de un debilucho, de cualquier país, contra una multinacional.
En un artículo del 14 de diciembre en El Quindiano, Jairo Berrío Durán nos cuenta cómo era su Deportes Quindío, el de todos, cuando había una pizca de dignidad en este territorio.
Rememoré la radio de esos días. Las narraciones de cuando Julio Gómez, Taberna, Coria, El Toro Tamayo, o Pedro Alzate, o Lorenzo Frutos, o Alcides Saavedra, o Manzi, o el llorado Darío José Campaña —muerto en Armenia, en el terremoto—, hollaban, como héroes, el césped de la cancha. Se reunían, al final, en mitad del campo para escurrir la camiseta verde en el Estadio San José, ese reservorio de ilusiones.
Walter Scott, el autor de Ivanhoe, decía que “la vida no es sino un partido de fútbol”. Así es, con sus deserciones y alegrías múltiples; pequeñas pero suficientes.
El Deportes Quindío es un sentimiento de millares de ciudadanos que nos creemos estafados por Hernando Ángel, un advenedizo que nos compró la memoria.
Javier Marías, el meticuloso escritor español, reiteró que el fútbol es “la recuperación semanal de la infancia”, un patrimonio personal, inalienable e inembargable.
La situación del Deportes Quindío reproduce el fenómeno ocurrido en otros ámbitos: las mejores tierras son compradas por extranjeros, y los gremios económicos, a su vez, callan o simulan independencia frente a la clase política tradicional que nos hunde; la salud pública, en este departamento, es un remedo puesto en evidencia con la pandemia, y nada propio parece florecer en los campos; y nuestras universidades, pública y privadas, no ejercen un liderazgo creativo en el territorio.
Dice Berrío Durán, con certeza, que los actuales dueños del equipo son usurpadores de sentimientos. Así es: vivimos en una maraña de mentiras y despojos.
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