La vida de algunos seres que habitan la tierra, es circular, rutinaria. Te levantas, trabajas, te acuestas. Lo intentas, te cansas, te rindes.
La mayoría despiertan cuando el sol aún no sale; algunos hacen ejercicio por la mañana, otros duermen; algunos se quejan, quizás otros agradecen. Muchos se preguntan por qué nada cambia, otros suplican para que nada se mueva.
¿Por qué la sociedad le ha quitado el brillo a las cosas más simples?, ¿Por qué se pierde la esencia de todo lo que se toca?, Es como si el mundo tuviera una paleta de color grisácea, ya nada tiene sentido, los colores no significan nada. Parece ser que las palabras ya no significan lo que significaban, la costumbre de la observación y el asombro se pierde por escases de curiosidad, y las ganas de expresar los pensamientos y emociones con un toque de sensibilidad, parece estar obsoleto.
La cotidianidad, mata. Mata a los espíritus cuyos pies y cabeza estén únicamente en la tierra. A aquellos que son obedientes; y que ven, pero no observan. Que oyen, pero no escuchan. Tener una rutina, no está mal. Tener pendientes, trabajos y responsabilidades es más que normal en la vida de cualquier ser que habita la tierra. Lo difícil es comprender que lo cotidiano no tiene que ser aburrido, y que lo simple no radica únicamente en lo común. Cada ser es responsable de su cosmovisión, cada ser decide como percibir lo que ve.
Casi nadie se detiene todas las mañanas a contemplar el amanecer, o a observar la cordillera que existe en casi en cualquier paisaje de nuestra ciudad; porque ya es “común”, ya es algo de todos los días. Sin embargo, no tiene por qué ser aburrido, a veces la simplicidad de las cosas es la característica principal para que su significado sea profundo.
Devolverle el brillo a las cosas, es nuestra tarea. Tarea que debemos practicar todos los días, tratando de buscar nuestro propio sentido. Ese sentido que surge a través de la curiosidad, la observación y la admiración.
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