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Cuando la salvación termina siendo la despedida

Jhon Mario Zuluaga

lunes, 22 diciembre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Durante años, muchos hinchas del Atlético Huila estuvieron convencidos de que el problema del club tenía nombre propio, que la mediocridad no era una fatalidad histórica sino la consecuencia de un dueño sin ambición.

 Por eso, cuando en 2023 apareció el grupo inversor ligado a Independiente del Valle, encabezado por el ecuatoriano Michelle Deller, la sensación fue casi de alivio. Muchos, entre los que me cuento, creyeron que el Huila se había ganado la lotería. Los envidié, en serio: proceso, método, seriedad, fútbol moderno; el discurso era seductor.

Creo que hasta publiqué en redes que por qué no compraban al Deportes Quindío, que nos salvaran de esta tortura a la que nos condenó el empresario Hernando Ángel. La idea de que llegara un salvador sonaba atractiva. Hoy, viendo lo que pasó, ya ni sé qué pensar.

Porque nadie imaginaba en ese momento que el Atlético Huila podía desaparecer. Cambiar de sede, de nombre, de historia; borrarse. El Huila estaba ahí, con 35 años de existencia, dos subcampeonatos de Liga, participaciones internacionales y una identidad consolidada. Hoy ya no lo es. Tras la aprobación de la Dimayor, el club se mudará a Yumbo (Valle) y dejará de llamarse Atlético Huila. Y ese golpe debería dolernos a todos.

Cuando veo lo que pasó con el Huila, inevitablemente pienso en el Deportes Quindío, en lo frágil que es todo, en lo fácil que resulta borrar una historia ahora que el fútbol es una simple mercancía. ¿Qué pasaría si mañana aparece un ‘nuevo Hernando Ángel’, pero con discurso moderno, con palabras bonitas, con promesas de proceso? ¿Y si un día nos despertamos con la noticia de que el Quindío ya no va más?

Eso que hoy parece exagerado, hace dos años lo era también para los hinchas del Huila. 

Hoy el fútbol se maneja como una franquicia sin corazón. Da lo mismo jugar aquí o allá, llamarse así o asá. 

La Equidad, Cortuluá y Alianza Petrolera se fueron igual, sin hacer ruido. Y tenían algo en común: cuando llegaron los nuevos dueños, muchos celebraron, porque el pasado era malo, porque el presente dolía, porque la paciencia se había agotado. Nadie pensó que el precio de la salvación podía ser la extinción.

Por eso me niego a romantizar al inversionista. El dinero no ama camisetas, no entiende de himnos ni de hinchas. El dinero no siente. Y cuando el fútbol queda en manos de quien no siente, las ciudades y las hinchadas sobran.

No escribo esto para defender la mediocridad ni para justificar dirigentes malos, como Hernando Ángel. Lo escribo para advertir, para decir que no todo cambio es progreso, que no todo salvador llega para quedarse, que hay tragedias que empiezan con aplausos.

Imaginar al Deportes Quindío desapareciendo no es un ejercicio de paranoia: es un espejo. Tal vez un día, también, tengamos que despedirnos del cuadro milagroso sin haber entendido en qué momento perdimos todo.


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