Cada día es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad, una posibilidad de vivir una mejor versión de sí mismo…
Son frases que reiteran los mentores que buscan animar a los desesperados ciudadanos de la sociedad del cansancio. Sin embargo, la vida no es así para todos. No siempre amanece la sonrisa de la esperanza. Para muchos, ocurre en un momento silencioso, sin fecha, ni testigos, en el que de repente se siente que algo se rompió por dentro.
Tal vez no fue el resultado de una tragedia o de un fracaso estruendoso. Fue la suma de los días iguales, la bruma cruel de la rutina, ese agotamiento que no se va con dormir, aquella percepción de estar cumpliendo sin estar viviendo. No es que todo haya salido mal, es que en algún momento se desviaron los sueños por perseguir lo seguro, se activó el modo supervivencia para defender la existencia de los azares del destino, o quizá, se desvanecieron las ganas y la vida dejó de tener sentido.
A esto no solemos llamarlo pérdida, pero lo es. Se pierde el rumbo, las ilusiones se convierten en fantasmas que ignoramos, se apaga la curiosidad y se enmudecen las voces que antes gritaban ideas apasionadas. Entonces, aparece una idea peligrosa: “ya es tarde”. Tarde para cambiar, para reinventarse, para volver a empezar. Esa creencia que se instala silenciosa, más que la edad o las circunstancias, es la que realmente nos encierra y nos convierte en sujetos mínimos, encarcelados en lo cotidiano.
La verdad es que seguir en ese estado de letargo hace que en cualquier momento podamos reventar por dentro y autodestruirnos, resignados a vivir en el modo automático. El cuerpo aguanta, la agenda sigue, pero el alma se fractura. Por eso, volver a soñar no es un lujo, ni un capricho tardío, es una necesidad vital para mantenerse a salvo y recuperar la fuerza que nos roba la rutina.
Lo he visto cientos de veces, en estos casos la educación aparece no como un discurso bonito, sino como una vía concreta de reconstrucción. Estudiar no es solo acumular títulos, es recuperar las preguntas, ampliar los horizontes y reconocerse capaz otra vez. Estudiar en la noche, si no es posible en el día, iniciar una nueva carrera, atreverse a un posgrado, volver al aula después de años sin estudio, no es retroceder: es reescribirse con valentía.
La educación devuelve algo que el cansancio cotidiano suele quitarnos: la sensación de futuro. Nos conecta con otros, nos obliga a pensar distinto, nos saca del encierro mental, del aburrimiento y sobre todo, nos recuerda que todavía podemos elegir.
Nunca es tarde para aprender, pero sí es peligroso resignarse. La vida no se acaba cuando dejamos de soñar, pero sí se empobrece. Y siempre, incluso ahora existe un camino en la Universidad La Gran Colombia, para volver a empezar.
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