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Cuatro por siete

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 24 julio 2024

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Resulta ingrato, deprimente, referirse al acontecer nacional, en cuanto toca a los altos círculos del poder político, a sus oscuros comportamientos y corruptas maquinaciones que persiguen la destrucción de la patria, o al epílogo infeliz de una gesta, hasta momentos antes del encuentro decisivo, brillando en los medios deportivos del Continente y del mundo… Durante … Continuar leyendo

Resulta ingrato, deprimente, referirse al acontecer nacional, en cuanto toca a los altos círculos del poder político, a sus oscuros comportamientos y corruptas maquinaciones que persiguen la destrucción de la patria, o al epílogo infeliz de una gesta, hasta momentos antes del encuentro decisivo, brillando en los medios deportivos del Continente y del mundo…

Durante las recientes cuatro semanas, la carga emotiva que suscitan hechos de afectación general en el ánimo de los colombianos es abrumadora. Del Congreso Nacional, enlodado desde su coronilla hacia abajo, a la Casa de Nariño y al indigno inquilino que la afea -razón tiene al pedir una sede menos pulcra, pues no es apto para habitar la actual-; de los despachos ministeriales, a más no poder envilecidos -el titular de la cartera de educación reclama furibundo, madrazo en mano, su derecho a consumir bazuco-, a las calles y plazuelas de la Panamá vieja, donde el delincuente impune que nos preside, pasea de la mano con uno de sus disruptivos amores; del recinto de sesiones de la ONU, en Nueva York, donde entre el dislate y la tontería, nuestro impresentable yonqui hace el ridículo, a la sede de la Fiscalía: López y Pinilla ventilando las nauseabundas componendas entre los poderes legislativo y ejecutivo, todo induce al desaliento, a la pérdida de fe, de esperanza. Nada ayudan las escenas de locura colectiva difundidas con más profusión o alcance que los goles, en las cuales quedan al desnudo la incivilidad, la tendencia irrefrenable al delito, a la transgresión de normas y límites, del modo de ser colombiano. Con cuánta facilidad pasamos del paroxismo por favorables resultados deportivos, al frenesí destructor, al uso de la violencia para la obtención de beneficios. Qué tal, así mismo, la difusión mundial de las imágenes de Jesurún, máximo dirigente del fútbol rentado, en traje de presidiario, esposado, frente a una juez gringa, intentando sin éxito balbucear en su defensa. 

En cuanto al asunto Petro y su banda de rufianes, debo recurrir al lugar común: no hay día sin sorpresas, cada vez más aciagas, respecto al real contenido de las “agendas privadas” del presidente, a sus eclipses, generalmente coincidentes con frecuentes salidas del país bajo pretextos deleznables. La escueta verdad de sentirnos gobernados por un adicto, incapaz moral y funcional, por un personaje extraído del lumpen, para desgracia y escarnio de nuestra nacionalidad, abruma mentes racionales y espíritus. No valen a esta altura de la película de horror, escuchar patéticas presentaciones de excusas, por parte de votantes y activistas arrepentidos. El daño, colosal, irreparable, no solo está hecho, continúa su marcha por campos y ciudades del territorio nacional, ahora bajo la forma de múltiples y a cuál más letales amenazas, unas detectables, otras ocultas bajo el discurso de la falsa redención social de débiles y desfavorecidos. Mimetizados bajo la hojarasca, reptan los tentáculos de los dineros fáciles, al alcance de todos, de subsidios, sobresueldos, reducciones de jornadas laborales, contratos para juntas de acción comunal y todo tipo de asociaciones, de devolución del IVA y bonificaciones al instante. Mientras compatriotas avisados se esfuerzan a través de las redes por ilustrar al electorado sobre las tragedias futuras que conllevan prácticas populistas irresponsables, como las del actual régimen, mientras medios de comunicación ajenos a mermelada oficial, continúan revelando corruptelas, propuestas legislativas alocadas, comportamientos reprochables, el monstruo petrista sigue su marcha erosiva, corrosiva, comprando voluntades de contado y al por mayor. No nos llamemos a engaño. Las encuestas de aceptación o rechazo hacia personajes no son votos ni aglutinan voluntades electorales. La sierpe está viva, se multiplica, lista para el ataque. La defensa de Colombia, a afinar imaginación y estrategias, a no ser menos que nuestros enemigos.
 


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