Hombres y mujeres hemos sido creados con particularidades, tanto a nivel biológico, como en la estructura del carácter y en los roles que cumplimos. Existen diferencias que deben asumirse como complementariedades y misiones asignadas a cada cual, según su identidad y fortalezas. Para la mujer, la más sagrada, es la de ser madre. Hemos sido … Continuar leyendo
Hombres y mujeres hemos sido creados con particularidades, tanto a nivel biológico, como en la estructura del carácter y en los roles que cumplimos. Existen diferencias que deben asumirse como complementariedades y misiones asignadas a cada cual, según su identidad y fortalezas. Para la mujer, la más sagrada, es la de ser madre.
Hemos sido diseñadas para que en nuestro vientre – tierra fecunda –, germine la vida en un proceso con notas de milagro.
La concepción y la gestación son acontecimientos asombrosos, que generan una nueva existencia, una persona única y diferente, que combina la riqueza genética de cinco generaciones anteriores, que en alguna parte de sí, preserva la identidad de padres, abuelos, bisabuelos y otros ancestros, que perviven gracias a que la línea de la vida se mantiene.
Corresponde a la madre dar vida, prestar su cuerpo para que de él se formen la carne y los huesos, la sangre y los músculos, la propia piel del hijo, legado supremo en su paso por este mundo. En el marco del Día de las Madres, es oportuno reflexionar sobre lo que ello representa, pues ese don de incalculable valor tiene muchas manifestaciones.
Primera. Cuidado y amor. Una característica fundamental de la figura materna es la entrega generosa, sin fecha de caducidad. La madre dona, da y se desprende de todo, incluso de sí misma, por el hijo y sus demandas. Desde que conoce la condición de gravidez, vuelca su ser, voluntad y energía, en llevar el embarazo a feliz término y luego, en generar todo lo que la criatura necesita. Nadie más incondicional y sincero.
Segunda. Guía y ejemplo. La mamá es el referente de la virtud. Sus enseñanzas, colmadas de sabiduría y claridad (sin que esto tenga que ver con un aspecto intelectual o un bagaje académico), hacen de ella la más autorizada para indicar el camino a seguir y convertirse en faro en medio de las tinieblas.
Tercero. Consuelo y consejo. El regazo de la madre puede curarlo todo, desde un hueso partido hasta un corazón roto… Ningún paño es tan sanador cuando absorbe una lágrima, como su mano tersa. Cuando todo parece estar perdido y la angustia atrapa el corazón, es su voz serena la que conforta.
Cuarto. Compañía irremplazable. Desde los primeros días y hasta el final, incluso en la vida adulta, su presencia es única y el espacio que con ella se comparte, mágico y maravilloso. Ninguna charla más amena que la que ella ofrece, ningún momento más memorable que aquel en el cual nos hundimos en su mirada – lago sereno que invita a la calma – o nos refugiamos en su abrazo.
Dios guarde a las madres vivas, les regale el privilegio de la salud y las conserve, para que sigan dando amor. Para las que están en la eternidad, una memoria de gratitud perenne. (A María Inés Manjarrés Campos).
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