Tal precandidata no es el reverso de la moneda. Es la misma moneda con brillantina y multimillonaria ayuda gilinskiana.
Si ayer el lenguaje vulgar fue vehículo de la manipulación, hoy lo es la corrección vacía. Del fallecido ingeniero a la experiodista Dávila, viendo y escuchando tan teatral candidata de la macilenta oligarquía, estándar femenino de pasarela ideológica ultraderechista y embajadora oficial de la puerilidad, verificamos que su campaña es compendio de peligrosos lugares comunes. Con agresivas frases y un inquebrantable compromiso con valores e intereses de clases hegemónicas colombianas, y de lo peor de las castas políticas tradicionales. Su reiterativa perorata parece carta de horóscopo: amor, futuro, esperanza y cambios que “vamos a construir juntos”, sin especificar cómo, ni cuándo, ni con qué presupuesto. El marketing político contemporáneo, en particular este al que la experiodista recurre, trabaja con la máxima “no se necesita convencer, solo emocionar”. Y si el ingeniero candidato fue un payaso gruñendo en la pista central del circo nacional, esta mujer es vedette de carpa cantando playback con voz de pueblo y tacones de diseñadora. Otra ley de Murphy dice: “La información que necesitas más, es la menos confiable”. Aplausos para sus asesores de campaña. En lugar de propuestas, con dicha precandidata tenemos filtros de Instagram. Y en vez de adecuadas controversias, le escuchamos entrevistas blandas en las tradicionales falsimedias, preguntándole por su dieta y color favorito. Sus asesores y futuros electores, encantados con su talento para no decir nada, solo insultar al presidente de Colombia, celebran que nunca se equivoca…porque jamás responde con precisión. “¿Cuál es su plan económico?”, le preguntó alguien: “Mi prioridad es que nadie se quede atrás. Todos somos parte del cambio”. Traducción: No tengo ni idea, pero sonreí mientras hablaba. Sin embargo, aquí estamos, pensando tal vez elegir entre una vulgaridad peligrosa y una superficialidad calculada. Como explica Murphy, filósofo preferido para citas de mis glosas sabatinas: “Todo lo que empieza bien, acaba mal. Y si empieza mal, acaba peor.” Sucederá con esta señora sonriendo mientras denigra de Petro. Lo alarmante no es su banalidad y, sin excepción, la de todos los precandidatos del deslustrado centro. Lo pavoroso es que esto funcione en un país donde, como sucedió con el ingeniero, varios millones creyeron sus lenguaraces propuestas. La política se ha convertido en un concurso de popularidad gestionado por community managers y sondeos de TikTok. Quizá la próxima campaña, siguiendo el estilo que a la de Dávila le imprimen sus asesores, la lidere un holograma o un gato con corbata. Porque cuando en política lo absurdo se convierte en norma, lo siguiente ya no es el caos sino el aburrimiento. Y como diría Murphy con resignación profética: “Si algo puede salir mal… ya salió”.
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