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De aeropuertos

Hugo Hernán Aparicio Reyes

jueves, 20 febrero 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Primera caminata en solitario por el vecindario de Queens. Media mañana veraniega, finales de junio. Apenas superando los bloques de apartamentos donde habitan Sarita y familia, esquina de Junction Boulevar con 60 th ave, en una señal de parada de autobús se lee, Aeropuerto La Guardia. Letras y números luminosos anuncian el arribo del próximo … Continuar leyendo

Primera caminata en solitario por el vecindario de Queens. Media mañana veraniega, finales de junio. Apenas superando los bloques de apartamentos donde habitan Sarita y familia, esquina de Junction Boulevar con 60 th ave, en una señal de parada de autobús se lee, Aeropuerto La Guardia. Letras y números luminosos anuncian el arribo del próximo en 15 minutos. Por qué no; interesante destino a explorar. -¿Spanish? – pregunto a un alguien con rasgos latinos, en actitud de espera. Asiente con un gesto. -Excuse, ¿cuál es la tarifa del bus? -Dos dólares noventa, pero sólo reciben monedas. Primer escollo; no dispongo de estas. -No se preocupe, aborde y dígale al conductor que no tiene monedas. Al detenerse el cómodo vehículo eléctrico, cumplo la instrucción. Subo los dos escalones y me dirijo al conductor, un grueso afro de expresión desapacible: -¡sorry, no coins!! El ademán de, ¡siga¡, no deja dudas; a La Guardia Airport, conjunto de maravillas a las cuales dedicaré debido espacio en otra nota, llego por cortesía de Nueva York City.

De niños, con mis padres y hermanos, en Bogotá, vivíamos en relativa cercanía del antiguo Aeropuerto de Techo, años después convertido en la populosa “ciudad Techo”, rebautizada luego, “Kennedy”, en honor al inmolado presidente de Estados Unidos, activo auspiciaste del mega proyecto habitacional. Igual, desde aquella pista, en compañía materna y de sus colegas docentes, emprendí la primera aventura aérea en un DC3 de la FAC. En época posterior, desde su inauguración, al extremo oeste de la Capital, fuimos igualmente vecinos de El Dorado, herencia constructiva del gobierno Rojas Pinilla, moderno terminal aéreo objeto de orgullo local por mérito arquitectónico, capacidad operativa y dotación interior, durante años destino de paseos familiares dominicales, con el romántico aliciente de observar desde sus terrazas, sobre los dos muelles, los decolajes y arribos de naves aladas. No sé qué de magia, encanto, de sueños viajeros, encuentro desde entonces en los aeropuertos.

Una vivencia plasma la afición,aún incrustada entre mis agrados: mediando los gloriosos años sesenta, llega a nuestra casa del barrio Normandía, procedente de Cartagena, donde atracó el buque oceanográfico de cuya tripulación hacía parte, un gringo entre joven y maduro, buena onda, perfil nerd, de nombre Ronald. Su propósito en Bogotá: visitarnos como familia de su amigo, Edilberto Guevara, allegado nuestro, a quien conocía y frecuentaba en Hawaii; ambos alumnos de HSU, en Honolulu. Apareció cualquier tarde, morral en la espalda, recién apeado del bus que lo trajo desde la Costa Atlántica. Resultó divertido entablar diálogos entre inglés, español, ambos precarios, gestos, señas; padres y prole dispuestos a atenderlo, a agradarlo. Llegado el primer fin de semana de estadía, quisimos los anfitriones acordar un destino “ turístico” para mostrarle al visitante otros lugares de interés, agotada la opción museos del oro y demás. Alguien, quizás yo mismo, sugirió llevarlo al cercano El Dorado, para mostrarle la, en nuestra cándida visión, octava maravilla del mundo; idea aceptada con entusiasmo y por unanimidad. La reacción del gringuito, su exaltada protesta al  escuchar la palabra, aeropuerto, hacen parte de delicias no expuestas al olvido. -¡Oh, no, no; airport no; no ir yet!! ¡No airport!!, mientras negaba enérgicamente con cabeza y manos. Imposible explicarle nuestras razones. Para un norteamericano resultaba absurdo ir a un aeropuerto, “de turismo”; asumió, obviamente, que queríamos librarnos de él.

También en Quito, Ecuador, años 70, donde quiso el azar que recaláramos con Martha Alicia y trajéramos a la vida a Andrés Javier, resultamos instalados a escasas tres o cuatro cuadras de la pista del Aeropuerto Mariscal Sucre, en la recién habitada, Ciudadela Rumiñahui. De recordar, los audaces cruces por plena pista, de caminantes hacia o desde zonas situadas en costados opuestos.


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