Primera caminata en solitario por el vecindario de Queens. Media mañana veraniega, finales de junio. Apenas superando los bloques de apartamentos donde habitan Sarita y familia, esquina de Junction Boulevar con 60 th ave, en una señal de parada de autobús se lee, Aeropuerto La Guardia. Letras y números luminosos anuncian el arribo del próximo … Continuar leyendo
De niños, con mis padres y hermanos, en Bogotá, vivíamos en relativa cercanía del antiguo Aeropuerto de Techo, años después convertido en la populosa “ciudad Techo”, rebautizada luego, “Kennedy”, en honor al inmolado presidente de Estados Unidos, activo auspiciaste del mega proyecto habitacional. Igual, desde aquella pista, en compañía materna y de sus colegas docentes, emprendí la primera aventura aérea en un DC3 de la FAC. En época posterior, desde su inauguración, al extremo oeste de la Capital, fuimos igualmente vecinos de El Dorado, herencia constructiva del gobierno Rojas Pinilla, moderno terminal aéreo objeto de orgullo local por mérito arquitectónico, capacidad operativa y dotación interior, durante años destino de paseos familiares dominicales, con el romántico aliciente de observar desde sus terrazas, sobre los dos muelles, los decolajes y arribos de naves aladas. No sé qué de magia, encanto, de sueños viajeros, encuentro desde entonces en los aeropuertos.
Una vivencia plasma la afición,aún incrustada entre mis agrados: mediando los gloriosos años sesenta, llega a nuestra casa del barrio Normandía, procedente de Cartagena, donde atracó el buque oceanográfico de cuya tripulación hacía parte, un gringo entre joven y maduro, buena onda, perfil nerd, de nombre Ronald. Su propósito en Bogotá: visitarnos como familia de su amigo, Edilberto Guevara, allegado nuestro, a quien conocía y frecuentaba en Hawaii; ambos alumnos de HSU, en Honolulu. Apareció cualquier tarde, morral en la espalda, recién apeado del bus que lo trajo desde la Costa Atlántica. Resultó divertido entablar diálogos entre inglés, español, ambos precarios, gestos, señas; padres y prole dispuestos a atenderlo, a agradarlo. Llegado el primer fin de semana de estadía, quisimos los anfitriones acordar un destino “ turístico” para mostrarle al visitante otros lugares de interés, agotada la opción museos del oro y demás. Alguien, quizás yo mismo, sugirió llevarlo al cercano El Dorado, para mostrarle la, en nuestra cándida visión, octava maravilla del mundo; idea aceptada con entusiasmo y por unanimidad. La reacción del gringuito, su exaltada protesta al escuchar la palabra, aeropuerto, hacen parte de delicias no expuestas al olvido. -¡Oh, no, no; airport no; no ir yet!! ¡No airport!!, mientras negaba enérgicamente con cabeza y manos. Imposible explicarle nuestras razones. Para un norteamericano resultaba absurdo ir a un aeropuerto, “de turismo”; asumió, obviamente, que queríamos librarnos de él.
También en Quito, Ecuador, años 70, donde quiso el azar que recaláramos con Martha Alicia y trajéramos a la vida a Andrés Javier, resultamos instalados a escasas tres o cuatro cuadras de la pista del Aeropuerto Mariscal Sucre, en la recién habitada, Ciudadela Rumiñahui. De recordar, los audaces cruces por plena pista, de caminantes hacia o desde zonas situadas en costados opuestos.
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