El bloqueo económico norteamericano- CRIMINAL- no es suficiente para explicar la pobreza de Cuba. Es un país que vive, los adultos, con la nostalgia de Fidel. Se abraza a un pasado que fue la semilla de este presente. Raúl Castro solo preservó y blindó una élite familiar, militar, que solidificó el Estado policial. Esa cúpula mantiene a sangre, fuego y vigilancia, al Partido único. La utopía socialista se fue al carajo.
Y lo peor, se volvió el mejor caldo de cultivo para que la derecha ignorante de Miami, el trumpismo, aterrice con todo incluido, hasta con sus gusanos ricos, ricos en codicia, y de volver a montar el motel a cielo abierto que les arrebató la revolución. Y en medio del cerco: los cubanos, su música, sus bailes, y su literatura, hecha del oralismo cantado de los dichos y la sensibilidad caribeña.
Perdí a la Habana para un Infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante, y busco, con cierto desespero, el barrio chino que cuenta Padura en sus novelas, con su detective Conde, y lo encuentro: huele a basura pútrida, a la que se acumula en tantas esquinas de La Habana.
¿Quién ha leído esa novela clásica, maravillosa, El hombre que amaba a los perros?
Un hombre bien vestido nos sigue por la Habana vieja, y nos intercepta. Nos quiere vender un medicamento natural para bajar de peso, sin dietas, y mi compañera en la caminata se indigna. ¿Acaso estoy gorda, me pregunta? Esa pregunta me asusta más que todos los dilemas morales de Shakespeare.
El tipo, identificado como médico cubano, nos sigue después a distancia; ya le habíamos dicho que no nos interesa el fármaco. Se acerca de nuevo y trata, cuando caminamos por el malecón, de vendernos otro producto. Nosotros solo deseamos cambiar unos pocos dólares: nos alejamos a paso rápido.
Mi compañera, más perspicaz, sabe que quieren timarnos, y así ocurre con el cambio del dinero, en el mercado negro. Estamos cercados por el interés de muchos de emboscar nuestro deseo de conocer la cultura, de escuchar en un bar de La Habana a Silvio, a Pablo, a Omara Portuondo, de entender cuándo este país, rebelde y alegre, se dejó sepultar en la retórica de una revolución evaporada en las cuentas bancarias de los militares. Un estrato seis, con pistola al cinto.
Irse de La Habana se vuelve una consigna. Parece una ciudad destruida por un terremoto. La falta de cemento, y de dinero, la hace ver como recién afectada por un sismo terrible. Vamos a Bocas de Camarioca, porque se me metió en la cabeza viajar por las provincias y mirar a los pescadores artesanales. Saber de ellos.
No veo a los pescadores, porque les prohíben ejercer su oficio. No puedo entender esa lógica, y cuando ya empiezo a comprenderla, la energía es suspendida en ese poblado. Hay que ir a dormir antes de tiempo, para poder viajar a Varadero.
En Varadero no somos felices. Nos duele el alma. Los 22 kilómetros de playa blanca no son suficientes. Los cubanos, solos, secuestrados, y encerrados, mueren de hambre.
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