Estar vivo es un privilegio, un regalo cotidiano que se entrega, cuando después del sueño se recupera la consciencia y se inaugura el día. Muchas personas comprenden esto y por eso, sonríen al abrir los ojos, escuchan con deleite el canto matutino de los pájaros (sinfonía quindiana que en cada ocasión nos recuerda que habitamos … Continuar leyendo
Estar vivo es un privilegio, un regalo cotidiano que se entrega, cuando después del sueño se recupera la consciencia y se inaugura el día.
Muchas personas comprenden esto y por eso, sonríen al abrir los ojos, escuchan con deleite el canto matutino de los pájaros (sinfonía quindiana que en cada ocasión nos recuerda que habitamos el paraíso), disfrutan la sensación del agua fresca bañando la piel, del café de la tierra activando el pensamiento y de los paisajes únicos que, revelándose con esplendor por cualquier ventana, se convierten en una obra pictórica impresionante.
Existir es maravilloso, experimentar sensaciones, atesorar momentos, coleccionar historias que con el pasar de los años se van convirtiendo en álbumes mentales colmados de amor y alegría.
La mejor manera de agradecer este don es degustar la vida, beberse el instante con la felicidad de lo irrepetible, estar en conexión con la gratitud y comprender que es precisamente la condición fugaz de la existencia lo que la colma de magia y hermosura.
¿Qué significa degustar la vida?
Primero, apreciar todo lo que se tiene, en lugar de estar añorando lo que hace falta. El ser humano tiene la insatisfacción como parte de su condición, por eso está siempre en búsqueda y es positivo en la medida en que le permite superarse, fijarse retos y alcanzar metas; sin embargo, hay una diferencia entre la continua idea de ir en pos de algo mejor y la frustración continua con lo que se tiene. Agradecer, tanto mental como verbalmente, incluso las cosas más simples, mejora el bienestar individual y las relaciones con otros – en particular con los más cercanos –.
Segundo, contemplarlo todo alrededor, manteniendo la capacidad de asombro. Los niños son grandes maestros en el arte de maravillarse por lo hermoso y sencillo. Ellos comprenden la magnificencia de las flores y las aves, lo exuberante de cada especie viviente y la delicia del agua cantarina que va por el cauce de los ríos.
Para ellos el tapete verde y mullido de cualquier pradera, es una invitación al juego y la diversión… Viven intensamente – como debe ser –. A veces, algunos adultos van perdiendo el color de sus mañanas, se van acostumbrando a lo majestuoso y por eso dejan de percibirlo en su grandeza.
Tercero, disfrutar el propio cuerpo, cuidarlo y valorarlo. Cada cual ha sido creado de una forma distinta, cada persona es única. Muchos viven en negación de su cuerpo y preferirían ser diferentes, gran equivocación, pues cada organismo es fabuloso y nos brinda incontables posibilidades.
Cuarto, gozarse a todos alrededor, en especial a la familia. Padre, madre, hijos… deben ser las personas predilectas, porque la conexión de sangre que con ellos tenemos hace que de algún modo nuestra propia piel sea su continuación. Tratarlos bien, con amor y ternura, agradeciendo su existencia y su entrega, comprendiendo sus maneras de ser que a veces son diferentes a las nuestras y sobrellevando las diferencias con paz y dulzura, buscando siempre el entendimiento. Construyendo buenos momentos, los mejores, en ocasiones simples como cumpleaños y navidades, asumiendo que la vida es un destello y si sabemos mirarla, su luz será eterna. (A María Inés Manjarrés Campos, cuya vida es un regalo).
- Temas relacionados :
