En cuestión de semanas, Armenia fue escenario de dos episodios que desnudan la fragilidad de nuestras instituciones.
Uno fue protagonizado por un contratista de tránsito que se autodenomina el Fokin Máster; el otro, por un policía que amenazó a un ciudadano con la frase ‘si usted me hace echar, yo lo pelo’. Dos casos distintos, una misma preocupación: ¿quién está cuidando a los que deberían cuidarnos?
Lo del Fokin Máster es, a la vez, grotesco y simbólico. Daniel Mejía, contratado por Setta para hacer cumplir las normas, fue sorprendido con su motocicleta sin SOAT ni tecnomecánica. Como si fuera poco, se pavonea en redes sociales con una actitud que desdice de cualquier principio de servicio público.
En el otro extremo, pero igual de grave, un policía —uniformado y armado— fue grabado en el centro de la ciudad amenazando de muerte a un comerciante. Eso no es un exabrupto, cuestión de una ira momentánea, es una alerta. Cuando un funcionario con poder de coerción se expresa así, no estamos ante un caso aislado: estamos ante una grieta institucional.
Ambos hechos son síntomas de la pérdida de legitimidad de la autoridad. En una ciudad donde el desorden manda, donde cada quien hace lo que quiere, el ejemplo debe venir de arriba. Pero si el guarda evade las leyes que impone y el policía actúa como un matón, ¿qué confianza puede tener el ciudadano en el sistema?
No es un fenómeno nuevo. Las instituciones siempre han tenido, en sus filas, personas honorables y otras que no lo son. La diferencia es que hoy, con las cámaras de los teléfonos y la inmediatez de las redes, ya nada se puede ocultar.
Recuerdo una escena, cuando aún era estudiante de periodismo, en la que fui testigo de un procedimiento policial irregular en el sector de La Fogata. Dos agentes agredían a un hombre. Me acerqué a observar, sin intervenir, y uno de ellos me amenazó con el bolillo. Le hablé de derechos, de testigos, de la Constitución. Me miró como si le hablara de ciencia ficción. Esa fue mi primera lección sobre el abismo que existe entre la ley y quienes dicen representarla.
No creo que instituciones como la Policía o Setta estén completamente perdidas, sé que allí hay personas valiosas. Pero la presencia de individuos como estos, altaneros y prepotentes, las hiere. No es sólo un asunto de imagen: es una erosión real de la confianza pública. Y sin confianza, ninguna norma se sostiene, ningún decreto se acata, ninguna autoridad es legítima.
¿Qué tipo de evaluación pasa alguien que se autodenomina el Fokin Máster, que habla como una ‘nea’ y se burla de las normas que debe hacer cumplir? ¿Qué filtros superó un agente que amenaza con pelar a un ciudadano?
Necesitamos instituciones fuertes, pero sobre todo funcionarios decentes. No se trata de ser perfectos, se trata de entender que representar a lo público implica un compromiso ético superior. Y que cada palabra, cada acción, cada omisión, construye o destruye ciudadanía.
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