Vivimos en un presente tecnocientífico digital que nos exige repensar, desde sus cimientos, cómo educamos y cómo producimos conocimiento.
Las aulas ya no son solo cuatro paredes y un tablero; son espacios híbridos, donde lo físico y lo digital se entrelazan, y donde el conocimiento ya no fluye de manera unidireccional, sino que se difunde y construye de forma colaborativa, crítica y situada. Al respecto planteo la siguiente pregunta: ¿cómo entender el aprendizaje en las instituciones educativas y universidades del siglo XXI, especialmente cuando la tecnología y la conectividad global han transformado no solo las herramientas, sino también las relaciones y los roles dentro de la educación?
Durante siglos, la educación se ha entendido como la transmisión de conocimientos desde un experto —el profesor— hacia un aprendiz —el estudiante—. Sin embargo, esta lógica jerárquica y vertical ya no responde a las necesidades de un mundo interconectado y en constante cambio. Uno de los mayores desafíos —y oportunidades— de la era digital es la integración, en los sistemas de educación, de la tecnología en los procesos de aprendizaje. Las herramientas digitales, las redes de información y, más recientemente, las inteligencias artificiales generativas, no son simples instrumentos, sino intervinientes activos en la construcción del conocimiento y en la educación. Sin embargo, su uso no debe limitarse a la automatización de tareas o a la reproducción de contenidos. La tecnología amplia las posibilidades de diálogo, colaboración y creación.
Así, es importante aprovechar las tecnologías para conectar saberes, fomentar la colaboración en contextos diversos y abordar problemas reales. Usar la tecnología no como un fin en sí misma, sino como un medio para potenciar el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de adaptación. Por ejemplo, el aprendizaje basado en proyectos, el trabajo de campo y los estudios de caso pueden enriquecerse con herramientas digitales que permitan analizar datos, conectar con expertos de otras partes del mundo o documentar procesos de manera colaborativa.
Descentrar el aprendizaje también implica reconocer y valorar la pluralidad de saberes. En un país como Colombia, con una riqueza cultural y biológica inmensa, no tiene sentido seguir reproduciendo modelos educativos que ignoran los conocimientos locales y las tradiciones comunitarias. El pluralismo epistemológico, es decir, la idea de que existen múltiples formas de conocer y entender el mundo, debería ser el eje de una educación que busque ser justa, inclusiva y sostenible.
Sin embargo, descentrar el aprendizaje presenta amplios desafíos. La resistencia al cambio, la sobrecarga de roles y la falta de competencias para el trabajo colaborativo, son solo algunos de los obstáculos que pueden surgir. Para superarlos, es necesario un proceso de sensibilización y capacitación constante, tanto para los docentes y estudiantes, como para las comunidades educativas extendidas, es decir, familias, empresas, sociedad civil, entre otros. Además, es fundamental repensar los sistemas de evaluación, pues, una educación que busca ser integral y crítica no puede limitarse a exámenes estandarizados o a evaluaciones sumativas que premian la memorización sobre la comprensión.
En definitiva, descentrar el aprendizaje en la era digital no es una opción, sino una necesidad. Se trata de reconocer que el conocimiento no es un producto terminado que se transmite, sino un proceso vivo, en constante construcción, que se enriquece con la diversidad de voces, saberes y experiencias. La educación, en este sentido, como diría Jorge Larrosa, se trata de “preparar a los nuevos para la renovación de un mundo común”, y dicha renovación, dicho rehacer el mundo común implica la descentralización de los aprendizajes y las enseñanzas. Y ese, sin duda, es el mayor reto —y la mayor oportunidad— de la educación en el siglo XXI.
- Temas relacionados :
