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Desconectar los odios

Camilo Andrés López Leal

sábado, 18 junio 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Conectados. La existencia contemporánea de la mayoría de la ciudadanía se caracteriza por estar hiperconectada. Estamos conectados, desde cualquier lugar, por remoto que sea, hasta en nuestros cuartos propios. Muchas temáticas y necesidades humanas actualmente requieren o se obliga hacerlas conectados: trabajo, recreación, salud, política, educación, intimidad, entre otras.  Internet provocó cambios y transformaciones que … Continuar leyendo

Conectados. La existencia contemporánea de la mayoría de la ciudadanía se caracteriza por estar hiperconectada. Estamos conectados, desde cualquier lugar, por remoto que sea, hasta en nuestros cuartos propios. Muchas temáticas y necesidades humanas actualmente requieren o se obliga hacerlas conectados: trabajo, recreación, salud, política, educación, intimidad, entre otras. 

Internet provocó cambios y transformaciones que son calificadas como inesperadas. El propósito original de esta tecnología es diferente a lo que actualmente se tiene, antes se propuso acceder y hacer uso ilimitado de la comunicación y la información, hoy, las posiciones se invirtieron y lo que actualmente tenemos es acceso y uso ilimitado de nuestros datos por parte de las tecnologías de la información, a tal punto de poner entre paréntesis nuestra autonomía, pues las aplicaciones tecnológicas nos seducen y obligan a usarlas.

Este escenario de dependencia y sometimiento a estar conectados permanentemente no es cuestión de debilidad o desorientación en la toma de decisiones cotidiana, sino que el diseño experto de dichas tecnologías tiene como propósito ganar y arrebatar nuestra atención, sometiéndola al punto de configurar adicciones.

Esto es lo que expertos críticos en tecnología como el profesor Cal Newport nos muestran; a propósito en su libro Minimalismo digital. En defensa de la atención en un mundo ruidoso dice: “Las personas no sucumben ante las pantallas por holgazanería, sino porque se han invertido miles de millones de dólares para conseguir que ese resultado sea inevitable.” (2021).

Odio. A nivel mundial, pero especialmente nuestro país, vociferar, ofender y agredir sin límite ni vergüenza presenta actualmente una relevancia pública que no tiene justificación. Se ha vuelto costumbre este sentimiento a tal punto que, para algunos, está normalizado y exigido. Desde hace años en el país se vienen cultivando resentimientos y prejuicios que entorpecen la construcción de una sociedad democrática. En el debate político (debate que es necesario, pues de esto se trata la política) cierto clima de fanatismo se ha instalado en las opiniones y deliberaciones de muchos ciudadanos, terminando por configurar señalamientos y rechazos de lo distinto y diferente. 

La campaña política presidencial que termina este fin de semana se configuró como un escenario para estas expresiones y manifestaciones de odio, infladas y ampliamente vistas y conocidas debido a la hiperconexión. Las redes sociales son terrenos de batallas descontroladas entre posiciones que se solidifican como distintas a las otras y no reconocen, no demuestran empatía ni compasión con los otros, con la diferencia. Es extraño, que las redes sociales, que configuran patrones de contenidos que nos interesan y nos brindan para satisfacción psíquica dichos contenidos, el odio sea un sentimiento que esté movilizándose a través del uso de estas tecnologías.

Finalizada esta contienda electoral necesitamos sanar, recuperarnos del odio abismal. ¿Cómo? Carolin Emcke en su libro Contra el odio dice: “El odio solo se combate rechazando su invitación al contagio” (2017). Desde este fin de semana la tarea es desconectarnos, no aceptar más la invitación del odio. Desconectemos la adicción tecnológica que promociona el odio y conectemos el amor y la vida.


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