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Desde el puerperio

Alejandra Ovalle Peñuela

miércoles, 30 julio 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En el puerperio, el tiempo transcurre distinto. La recién nacida está acunada en mi brazo izquierdo.

Duerme después de un largo rato en el que utilicé todas mis herramientas de mamá primeriza, intentando que dejara de llorar. Aprovecho la pausa, enciendo el computador y con la mano derecha, hago maromas para anotar fragmentos de los hechos recientes.

Parí hace 19 días. Mi cuerpo está roto, sangrante: expulsé líquido, me desgarré y tuve una hemorragia. Un hilo atraviesa mi piel desde el ano hasta la parte interna de la vagina. Tengo las tetas inflamadas y pegajosas por la leche, los pezones agrietados, la tripa descolgada —el útero vacío aún no recupera su tamaño normal—, y estrías en la parte baja de la barriga y en las piernas (son arañas moradas que serpentean sobre mi piel seca). Tengo estreñimiento y me duele el culo cada vez que intento cagar. Duermo por bloques de dos horas, y la espalda paga el precio de los largos periodos de lactancia. Mantengo la ropa chorreada de leche y vómito, y evito salir de casa.

Mi cuerpo se recompone rápido: mis carnes han disminuido 8 kilos, mi rostro y mis pies se han desinflado y he recuperado el movimiento: volví a cortarme las uñas, a levantarme sola de la cama, a caminar sin la sensación de miedo a la caída y a estornudar sin orinarme en los calzones. Sin embargo, aún no entro en los jeans que usaba antes del embarazo, negocio con Montse chances para escribir, para pensar o simplemente existir —toda yo solo se ocupa de mantenerla con vida— y me busco entre los escombros.

(Levanto partes de hormigón; quito ladrillos, tejas, madera y sacudo el polvo… Escarbo, hago hoyos con las manos para ver si me encuentro. Tengo llagas y callos en los dedos. Cavo tan profundo como puedo, toco el fondo, no hay nada. ¿A quién rastreo?, me pregunto. ¿Quién me dio las coordenadas de este edificio en ruinas? Sé que nunca volveré a ser yo. Ahora soy otra… ¿alguien me presenta a esa nueva versión?).

Desde el puerperio, el tiempo se vive distinto. En el calendario se marcan los días pasados, pero aquí días y noches se superponen unos a otros: las noches a veces son caóticas y los días silenciosos; entonces todo cambia y se mezcla el llanto desesperado con el sol, las pausas con la luna. Entonces todo cambia, sin más, sin ningún patrón.

Casi termina julio y mi existencia se resume en hurtarle minutos de atención a Montse: durante el sueño, mientras las abuelas la cargan, mientras el papá le cambia su pañal orinado. Solo eso, minutos, porque por más brazos dispuestos para cuidarla, siempre regresa a los gritos a mi regazo para que la teta la alimente, la calme, la contenga, la distraiga del ruido, del frío, del hambre, de este mundo que solo incomoda su pequeño cuerpecito.

Nos sobrevivimos mutuamente. Ella a una mamá primeriza; yo a una recién nacida y a esta necesidad de tiempo para la quietud, para el silencio, para anotar la vida.


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