La maldad objetiva, su fatal prevalencia respecto al “deber ser” en términos éticos, existe. Lo comprobamos a diario.
Aplicada a pensamiento y palabra, a hechos u omisiones, se expresa, se materializa, por ejemplo, para infortunio de nuestra nación colombiana, en quienes hoy día ejercen el más alto nivel de gobierno. La padecemos todos: petristas obcecados, quienes pese a toda evidencia y certeza se niegan a verla, a aceptar y asumir su error al abrazarla; otros, cada vez menos en número, indiferentes, evasores de la realidad, por aquello de “es mejor no hablar de política ni de religión”; y amplias mayorías de opositores que mascullamos rechazo, descontento, pero no hallamos las claves colectivas para salir del atolladero, librarnos del tormento, para evitar la destrucción del país, el triunfo definitivo del mal sobre el bien en nuestro territorio.
¿ Nos deslizamos hacia el abismo, nos asomamos apenas al infierno, ya vamos en caída libre? Cada cual, con lucidez y responsabilidad, vista la realidad, los hechos escuetos, escuchadas las intenciones expresas y presentidas las ocultas, de la cúpula de gobierno, saque conclusiones y reaccione. Buen comienzo es interrogar, con genuino interés ciudadano, ojalá en voz alta: ¿para dónde nos llevan? ¿A dónde conducen, atentados contra opositores, sobornos o extorsiones al Congreso, corrupción multimillonaria y generalizada; eclipses, desmanes, desenfrenos personales, actitudes psicóticas, verborrea cantinflesca, deshilvanada, del presidente y de sus “manos derechas”, frenos a la justicia -qué ocurrió con la violación de topes de campaña, con el proceso de Nicolás Petro y otros-, coacciones, amenazas hacia quien piensa distinto, toma de Fiscalía, Procuraduría, altas cortes, a través de “fichas claves”, imposición de onerosas reformas de corte populista, erosivas de la economía, desbordes en el gasto, déficit incontrolado, ruptura de la regla fiscal, permisividad con la delincuencia, con grupos armados ilegales, cada vez con mayor poder asesino y control territorial? ¿Cuál es la razón del “arabismo” repentino, oportunista, del antisemitismo que abrió abismos con el gobierno de Israel, personero legítimo de un pueblo castigado con genocidios de izquierdas y derechas? ¿Cómo explicar el odio contra Antioquia y su importancia actual e histórica; contra la industria, el comercio, el agro; por qué las acometidas contra Ecopetrol, de lejos la empresa más importante del país, proveedora de enormes recursos financieros para funcionamiento e inversión del Estado; por qué obrar en contra de actividades extractivas, fuente global de financiación privada y estatal?
Si aún le resta energía indagadora, escarbe un poco en el asunto vivienda, en la suspensión indefinida de subsidios, en la caída de la actividad constructora; profundice en el letal desmonte “a la brava” del sistema de salud, sin sustituto posible; en la pérdida de calificación crediticia del país, en la pérdida de confianza de inversionistas, de gobiernos, como el de Estados Unidos, nuestro principal socio comercial; en la proliferación de narcocultivos, narcotráfico, micro tráfico, minería ilegal.
Pero, no nos agotemos en la averiguación. La amarga certidumbre de ser presas en la mira de un depredador, de ser ya víctimas de sus lances malignos, no puede, no debe anular la instintiva capacidad de reacción. Si la justicia, único recurso válido a la mano, no obra; si el blindaje constitucional contra dictaduras o tiranías parece insuficiente, es porque falta reacción ciudadana, porque callamos y resignamos aquello de lo que parecen carecer otras nacionalidades: dignidad. Así como el silencio acompañó a Miguel Uribe en la UCI, llega la hora del ruido, de la protesta ciudadana.
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