Este es el lugar común de los discursos de quienes construyen esos puentes y de quienes solo tienen expresiones tan infladas como un paquete de papas. Y en medio de ambos planteamientos puede erigirse lo que ocurre en reuniones multilaterales como la que recién ocurrió en Fortaleza, Brasil, en el marco del encuentro mundial sobre … Continuar leyendo
Este es el lugar común de los discursos de quienes construyen esos puentes y de quienes solo tienen expresiones tan infladas como un paquete de papas. Y en medio de ambos planteamientos puede erigirse lo que ocurre en reuniones multilaterales como la que recién ocurrió en Fortaleza, Brasil, en el marco del encuentro mundial sobre educación, convocada por Naciones Unidas.
En dicho encuentro se reseñaron varios retos en relación con la educación: crisis climáticas, desigualdades persistentes y amenazas constantes a la paz, por mencionar algunos ejemplos. Bajo esos contextos se izó la bandera, nuevamente, de la educación como un derecho que debe garantizarse y como una herramienta para guiar a generaciones que enfrentan con resiliencia los desafíos de nuestro tiempo.
Fue enfática la declaración allí generada en la alarmante crisis educativa global: millones de niños y jóvenes están excluidos de las aulas, y muchos de los que asisten no alcanzan competencias mínimas en lectura y matemáticas. Frente a esta realidad, el llamado es a redoblar esfuerzos y a entender que la educación no es un gasto: es una inversión esencial. Cuando es accesible y de calidad, tiene el poder de romper ciclos de pobreza y exclusión, promoviendo cohesión social y desarrollo sostenible.
También es fundamental proteger la educación como un espacio seguro, libre de violencia y discriminación. La declaración enfatiza en la necesidad de integrar en los currículos temas como la educación ambiental, la paz y la igualdad de género. Estos no son simples añadidos, sino pilares para formar generaciones conscientes de sus derechos y responsabilidades, hacia el planeta y sus comunidades.
De otro lado, en un contexto de avances tecnológicos acelerados, otro desafío es la transformación digital. Los sistemas educativos deben preparar a los estudiantes para un mundo digitalizado, promoviendo su participación, especialmente en áreas de ciencia y tecnología, donde las mujeres han tenido menos oportunidades. No se trata solo de introducir tecnología, sino de garantizar que esta llegue de forma equitativa, promoviendo habilidades digitales de manera segura y ética. ¡La brecha digital no debe convertirse en un nuevo rostro de la desigualdad!
Finalmente, el documento recuerda que ningún país puede enfrentar estos desafíos en solitario. Se requiere cooperación internacional y una movilización efectiva de recursos para financiar una educación de calidad. Países, organizaciones y el sector privado deben unirse para hacer de la educación la base de todas las metas de desarrollo sostenible.
En este camino hacia 2030, donde los Objetivos de Desarrollo Sostenible marcan nuestro horizonte, la educación tiene el poder de construir puentes entre realidades diversas, sanar heridas sociales y ofrecer un espacio de diálogo y entendimiento. Además, la educación debe ser una herramienta para construir una sociedad que valore la diversidad y promueva la paz.
Bajo esta mirada global, nos queda a todos los actores educativos reafirmar, con acciones, el planteamiento de que podemos construir, conectar y tejer vínculos para que la educación posibilite un mejor futuro, más justo y habitable para todas y todos.
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