En un contexto de agitación política a nivel global, regional y local, esta columna había sido inicialmente concebida para analizar aquellos hechos que inquietan a la opinión pública. Sin embargo, la reciente partida de un entrañable amigo y compañero, el señor Coronel José Francisco Olivares Pineda, figura ampliamente reconocida en el Quindío, me obliga a … Continuar leyendo
En un contexto de agitación política a nivel global, regional y local, esta columna había sido inicialmente concebida para analizar aquellos hechos que inquietan a la opinión pública. Sin embargo, la reciente partida de un entrañable amigo y compañero, el señor Coronel José Francisco Olivares Pineda, figura ampliamente reconocida en el Quindío, me obliga a rendirle un homenaje y a ofrecer una breve semblanza de este cucuteño que, adoptado por esta generosa tierra, la amó, la sirvió y dejó una huella indeleble en varias generaciones.
Francisco “Pacho” Olivares ingresó en 1954 a la Escuela Militar de Cadetes como alumno de bachillerato, formando parte de la compañía “B”. Uno de sus compañeros de promoción y amigo cercano, el Mayor (r) Ramiro Zambrano Cárdenas, presidente de la Academia de Historia Militar, lo recuerda como un cadete inquieto, dotado de un agudo sentido del humor y una caballerosidad que todos admiraban. Su carácter, profundamente práctico tanto en lo militar como en lo personal, le permitía mantenerse imperturbable ante los temores que los instructores intentaban infundir en los alumnos de la época.
El 20 de julio de 1956, se graduó como subteniente de la especialidad de ingenieros militares, integrando la promoción “General Pedro Alcántara Herrán y Zaldúa” junto a 117 compañeros, en un acto presidido por el presidente y teniente general Gustavo Rojas Pinilla. Su primera destinación fue el Batallón de Ingenieros “Francisco Javier Cisneros”, donde participó activamente en la construcción de sus instalaciones en el barrio San José de esta ciudad.
Aún siendo subteniente, y como parte de los requisitos para ascender al grado de teniente, fue enviado en comisión a la Escuela de Lanceros, superando con éxito las rigurosas pruebas de este exigente curso de combate. A partir de allí, comenzó un recorrido por diversas regiones del país, trabajando en obras de ingeniería civil y militar. Entre 1974 y 1975, se desempeñó como comandante del Batallón de Ingenieros Militares “Coronel Agustín Codazzi” con sede en Palmira.
Sin embargo, estas palabras van más allá de su carrera militar y están destinadas a rendir homenaje al amigo, al compañero y, sobre todo, al educador y formador de varias generaciones en la Academia Militar “General Pedro Alcántara Herrán y Zaldúa”. Este plantel educativo, semillero de oficiales de las Fuerzas Militares, inicialmente funcionó en el barrio Laureles, se trasladó más tarde a Salento y, finalmente, a Circasia. Aún resuenan en los oídos de sus cadetes egresados los “fraternales” llamados de atención de “mi Coronel”. Según el testimonio de un aventajado exalumno, el profesor uniquindiano Alexander Castro, su voz inconfundible era una mezcla de la autoridad del militar exigente con el afecto de un padre que guiaba y aconsejaba a sus “hijos”.
Miembro de la Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro de las Fuerzas Militares (ACORE), seccional Quindío, lo recordaremos siempre con la alegría de haber conocido a un ser humano que irradiaba buen humor y optimismo. Dicen que cuando muere un amigo, se evapora el futuro que ya no podremos compartir. Gracias, “Príncipe”; es un honor rendir homenaje a un soldado y compañero que honró con sus acciones la palabra amistad hasta el último de sus días.
Adenda: Extiendo mi más sentido saludo de condolencia a la señora Lucy Castro y a sus hijos: Rubén Darío, Juan Carlos, Jorge Alejandro y José Francisco.
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