Florence reparte volantes en una manifestación contra las armas nucleares. Es una muchacha virgen en 1962, que espera encontrar en Gran Bretaña el amor de su vida. Hija de padres exitosos y cultos, ella estudia música. Toca el violín, aprendido en el Royal College of Music. Ansía la dulzura de un amor eterno. Edward, estudiante … Continuar leyendo
Florence reparte volantes en una manifestación contra las armas nucleares. Es una muchacha virgen en 1962, que espera encontrar en Gran Bretaña el amor de su vida. Hija de padres exitosos y cultos, ella estudia música. Toca el violín, aprendido en el Royal College of Music. Ansía la dulzura de un amor eterno.
Edward, estudiante de historia en el University College, busca enamorarse. Piensa en los beneficios del enamoramiento. Su visión, carnal, nace en el deseo de poseer a una mujer bonita en el proscenio del matrimonio. Ambos, de inclinaciones laboristas en el campo ideológico, anhelan hallar a quien mirar a los ojos y conformar una familia y, como lo promete la utopía o la trampa capitalista, entrar en el reino de los prósperos y bienintencionados.
Florence y Edward se encuentran en la protesta contra la amenaza nuclear. El amor, como una promesa de felicidad, los une y luego de varios meses programan su casamiento en St, Mary, Oxford. Van a pasar su luna de miel a Chesil Beach, en un hotel. El mundo sonríe para ambos, quienes esquivaron el sexo en el noviazgo con el objeto de llevarlo, inocente, al sagrado lecho.
¿Qué podía fallar en un idilio aún más intenso que el de Romeo y Julieta, de Shakespeare, y menos oprobioso?
Ian McEwan, en sus novelas, construye un mundo perfecto que está a punto de desmoronarse, tal vez por una corriente secreta que nadie sabe cuándo llegará.
Nacido en 1948, McEwan me sorprendió hace años en una feria del libro en Bogotá, porque el sigilo de su prosa se me apareció, como una alucinación en una montonera, en su novela Los perros negros.
Salió ese libro de entre otros y se puso ante mis ojos como Florence ante Edward en Chesil Beach, la novela que leí muchos años después, justo cuando comenzó la pandemia, justo cuando todos nos pusimos, por cuenta del virus, de frente al pelotón de fusilamiento.
Mientras leía Chesil Beach, buscaba por librerías Niños en el tiempo, del mismo autor, y me di de narices con sus novelas Operación dulce y El placer del viajero. Todos los días miro desde la ventana por si el cartero ya me trae Amor perdurable.
¿Qué puede fallar en un amor perfecto?
En la novela Niños en el tiempo falla todo desde el principio, desde que se estruja el empaque del libro. Todo se vuelve una tragedia.
Stephen, un escritor de literatura infantil, integrante de una junta reformista del sistema educativo británico, sale al supermercado con su hija Kate, de cinco años. En la caja, mientras paga su compra, la niña desaparece y ya no la encontrará. Su vida será una cadena de insomnio y dolor.
En la primera novela leída, Chesil Beach, falla algo: a Florence no le gustan las relaciones sexuales. Las siente ominosas y sucias. Al otro día de su esperada noche de bodas, ellos se separan y jamás se vuelven a ver.
¿Perdura el amor cuando la muerte nos ronda?
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