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El arte de proteger y entregarse a un propósito

Mauricio Hernández

miércoles, 28 mayo 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En los pliegues del lenguaje habitan algunas contradicciones que explican las distintas épocas de la historia humana y cómo la sociedad se ha construido en torno a las palabras.

Por ejemplo, “servicio”, palabra cotidiana y aparentemente inocente, contiene en su raíz una tensión entre el sometimiento y la entrega. Del latín servitium, ligada a la esclavitud, y a su vez de la raíz indoeuropea *ser-, que significaba “cuidar, proteger”, nos revela que servir ha sido, según la época y el contexto, una forma de humillación o una expresión suprema de cuidado.

 

Y es este segundo sentido el que urge recuperar. En tiempos donde predomina la lógica del “yo primero”, servir ha sido reducido a una tarea burocrática que a veces cobra relevancia como mecanismo de poder y otras se afianza como acciones menores. Pero el servicio, entendido como una capacidad de entregarse a otro en cumplimiento de un propósito, es una de las formas más elevadas de la acción humana. Servir no es una derrota: es asumir que hay causas que valen más que el beneficio individual.

 

Pensemos en los servidores públicos. En su mejor versión, son personas que no solo gestionan recursos, sino que encarnan la responsabilidad de proteger lo común. Su rol debería ser leído no como una función mecánica, sino como una misión: velar por los derechos, el bienestar y la dignidad de los ciudadanos. El buen servidor público no se sirve del poder, sino que se pone al servicio de quienes no lo tienen.

 

Lo mismo ocurre con los profesores, cuya tarea va mucho más allá de transmitir contenidos o de instruir para la obediencia ciega. Un buen maestro protege el pensamiento crítico, cultiva la empatía, siembra preguntas. Enseñar no es imponer, sino acompañar, cuidar, guiar. La docencia es también un acto de protección: del conocimiento, de la curiosidad, de la esperanza.

 

También los trabajadores de la salud, los bibliotecarios, los voluntarios, los defensores del medioambiente. Todos aquellos que, de una forma u otra, ponen su energía al servicio de otros o de una causa, participan de este sentido profundo del servicio: el de la protección activa, el de la entrega ética.

 

Servir, entonces, no es sinónimo de esclavitud, sino de humanidad. Es responder a un llamado interior que nos impulsa a cuidar, a construir comunidad, a generar vínculos. En una sociedad cada vez más fragmentada, en donde los conflictos son más complejos y profundos, reaprender a servir es una forma de resistencia. Significa detenerse, mirar al otro y decirle: “te cuido porque importas y porque entiendo que necesitas del cuidado y la protección”.

 

Si alguna vez servir fue una imposición, hoy puede ser una elección luminosa. No hay mayor libertad que entregarse —conscientemente— a una misión que nos trasciende. Porque servir, en su sentido más hondo, es proteger con dignidad, y ofrecerse con amor a aquello que define el propósito de la vida.

 


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