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El caminante

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 18 noviembre 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Caminar descansa la mente, desata las ideas de sus marañas o sirve, para muchos, como un acto liberador. La sangre fluye, canta, por los meandros de la anatomía y funciona a raudales en el meta-universo del cuerpo. Caminar nos lleva a mejor destino, a crear rutas paralelas en el conocimiento o a desencadenar los deseos.

Podemos caminar como Virginia Woolf hacia el encuentro, en la mente, de los personajes y las acciones de sus relatos. Caminaba y hablaba en voz alta para enlazar, en las calles de Londres y en sus suburbios, la verosimilitud de su imaginación con la neblina de esos lugares, mágicos y dolorosos, para ella. Casi se pueden ver sus caminatas, a través del monólogo interior de Clarissa, en la señora Dalloway.

Virginia caminaba por los senderos de una geografía previsible y estática. Thoreau, autor de Walden, decía de sus caminatas sin rumbo como un método para aclarar sus teorías relacionadas con la naturaleza y la humanidad. Caminar, como Thoreau, es también una forma de ascetismo y de alejarse de la ansiedad y la dispersión propias de la era postmoderna.

En mi caso, encuentro en dos símbolos de la cultura reciente una explicación vital. Alguien habrá visto que en la película Forrest Gump, 1994, el personaje principal empieza a caminar fuera de la casa, muy despacio, se pone una gorra y luego se lanza a correr. Huye de su mundo interior, escapa de su cotidianidad sin rumbo establecido, sin saber a dónde, a buscar, más que respuestas y certidumbres, nuevas preguntas para poder vivir.

Forrest huye del amor no correspondido por Jenny. A medida que corre, él siente que lo hace solo porque experimenta el impulso de hacerlo. Se recrea al estrujar, por un camino, su propia sustancia espiritual y física.

La caminata por la paz de Gustavo Moncayo, 1.200 kilómetros de travesía, para pedir al gobierno nacional y a los guerrilleros de las Farc un acuerdo humanitario es, también, un significado luminoso del corazón de los colombianos. Casi invencible.

Recuerdo su discurso frente a la crueldad sin límite de los insurgentes y a la desmedida humillación que le hizo al caminante el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez. Destrozó con su retórica guerrerista y simplona, que tanto gustaba y gusta a mis conciudadanos del Quindío, la esperanza de un pacto coyuntural de liberación de rehenes.

Uribe Vélez humilló a Gustavo Moncayo con su parafernalia del poder. Y los insensibles guerrilleros ese día dejaron de escuchar de manera definitiva al país. Ambos, Uribe Vélez y las Farc, configuran proyectos políticos que ya poco interesan a las nuevas generaciones. Historia patética nuestra y de nuestros padres: la narrativa de la violencia.

Murió Gustavo Moncayo esperando que la guerrilla criminal y mentirosa o el Estado guerrerista lo repararan. Necesitaba un hígado para mantener su aliento y procesar nuestra realidad.

En Colombia necesitamos un trasplante de corazón; requerimos un órgano dulce, comprensivo, para acompañar los tiempos de una posible pacificación. Para caminar por el placer de hacerlo.
 


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