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El coronavirus: la sombra de una injusticia social

Monseñor Carlos Arturo Quintero Gómez

domingo, 5 abril 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Al momento de escribir esta columna, estamos en Colombia, en la fase de “mitigación” y el incremento de casos del coronavirus COVID-19, es evidente: a cuatro de abril, 1.406 casos confirmados; 32 muertes y 85 recuperados, según informe del ministerio de Salud y Protección Social. Mientras esto sucede, las calles siguen siendo escenario de transeúntes, de compatriotas irresponsables que no han acatado las normas del aislamiento social obligatorio y también de ciudadanos coherentes, que solo salen a realizar sus diligencias bancarias o compra de víveres, etc. 

El presidente de la República cada día nos sorprende con nuevas medidas en favor de los más necesitados, pero los pobres se siguen preguntando ¿y qué tenemos que hacer para acceder a estos servicios? Los habitantes en situación de calle fueron confinados en lugares habilitados para ellos y después de la crisis ¿qué va a pasar? ¿Para qué han servido las políticas públicas? Quizás habrá que revaluar el sistema capitalista y estas estructuras de poder que se han viciado y se han vuelto caducas, que deben desaparecer, para dar lugar a nuevos modelos. 

Muchos alcaldes dicen que están trabajando sin recursos, que no cuentan con lo suficiente para mitigar esta crisis, al menos es lo que parece. Se habla de acuerdos en el caso de los cánones de arrendamiento para locales comerciales y viviendas sugiriendo concertación y financiación de la deuda, pero ¿cómo hacerlo si no hay compra-venta?; se garantizan los derechos de los empleados, pero algunas empresas ya empezaron a prescindir de sus trabajadores. Nuestra economía se va debilitando por el desplome del petróleo y el virus que se ha expandido por el mundo. 

Se ha despertado la solidaridad de deportistas, actores, cantantes, artistas, empresarios, Policía Nacional, instituciones y agremiaciones sociales, gestores de paz, sin embargo no existe una articulación que nos permita garantizar, después de la crisis, la sostenibilidad en el tiempo y un renacer de la economía. Diversas denominaciones religiosas, siguen exigiendo el diezmo y las ofrendas con videos grotescos en los que se juega con la fe de la gente. Con razón Jesús nos alertó sobre los falsos profetas: “vendrán lobos disfrazados de ovejas” (Mt 7, 15). La banca sigue aumentando sus dividendos, aunque aparenta con una falsa solidaridad, al rebajar tasas de interés, congelar créditos, mientras siguen recibiendo prebendas de nuestros gobiernos. Francisco Galán sale de la cárcel para ser enviado a Cuba como gestor de paz, ¡de guerrillero a gestor de paz! Una realidad que nos tiene que cuestionar.

Ante la expansión del virus, nos tocó desacelerarnos, dejar la hiperactividad, el activismo, para centrar la atención en nuestra casa, en el hogar, para volver la mirada a la familia, para regresar a Dios. Los niños y los jóvenes han tenido que cambiar las aulas de clase, por un ordenador y nuestros ancianos recuperaron su puesto de honor, aprendimos a verlos como un tesoro espiritual y un patrimonio histórico y cultural viviente. 

La familia volvió a ser la célula vital de la sociedad, pequeña iglesia doméstica. La Iglesia también tuvo que ajustarse a una nueva evangelización asumida desde las redes sociales con una fe viva, jamás virtual y una fe compartida, jamás impersonal. Nuestra vida agitada necesitaba un sosiego, debía serenarse y un virus nos encerró, nos acorraló y nos cambió la vida. El coronavirus se convirtió en la sombra de la injusticia social, nos permitió ver una realidad al exigir a la sociedad el confinamiento: unos pocos tienen todo para vivir y una gran mayoría carecen de lo necesario para subsistir. Y el clamor internacional de aminorar las cargas de nuestros países en relación con la deuda externa, sigue siendo un grito de esperanza.

Después de esta crisis, la vida no será igual, es seguro que tendremos que cambiar hábitos, interacciones sociales más sólidas, deberemos aprender a convivir desde el respeto y la aceptación de las diferencias. Los niños nos enseñan, con su capacidad de adaptación, que el mundo puede llegar a ser diferente. Y después de esta crisis ¿Qué?

 


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