Llegados a actuales extremos de ineptitud, corrupción e indignidad en los altos círculos del gobierno central, nadie, ni siquiera sus recalcitrantes seguidores pueden ignorar que quien ostenta la presidencia de Colombia, es un alguien de ínfimo valor humano, dislocada vida personal, desatadas pasiones, excesos, vicios; súmenle antecedentes delictivos, pésimo desempeño en su paso por la … Continuar leyendo
Llegados a actuales extremos de ineptitud, corrupción e indignidad en los altos círculos del gobierno central, nadie, ni siquiera sus recalcitrantes seguidores pueden ignorar que quien ostenta la presidencia de Colombia, es un alguien de ínfimo valor humano, dislocada vida personal, desatadas pasiones, excesos, vicios; súmenle antecedentes delictivos, pésimo desempeño en su paso por la alcaldía del Distrito Capital, igual en su actual cargo; dudosa formación académica, cantinflesca retórica engañabobos, tendencia a rodearse de mediocridad y delincuencia con gentuza de oscuro origen y condición, sin límites éticos. Agreguemos: mal padre, peor marido, hijo, hermano, amigo; odiador maldiciente de quien no profese su caótico ideario o se manifieste en contra de sus caprichos, de precoces chocheras, rabietas, estados de ansiedad. Todo ello validable a través de sus kilométricos e insulsos mensajes X, discursos de tribuno populachero, actos públicos y privados.
Gustavo Petro poco o nada entiende de gobernar, de administrar, de asegurar paz y bienestar para todos; vino al mundo señalado por “su” propia divina providencia, para vengar, para detestar, someter, dañar, destruir, eliminar; para señalar falsos derroteros ecologistas, utópicas energías limpias, al resto del mundo, sin importarle la caída en picada de Ecopetrol, la principal empresa del país, generadora de nutricios dividendos del presupuesto nacional. Igual, encarga el liderazgo de su paz imposible a convictos asesinos, a pillos de la peor calaña -alguien anotaba con humor ácido no exento de realismo, que sólo la muerte de los posibles agraciados, nos libró de ver a Garavito de gestor en el ICBF, o a Popeye, agrego yo, asesorando a la Policía; Raul Reyes en la Cancillería, o a Jojoy en mindefensa-.
Transgredir normas, principios, trapear pisos con códigos morales, convicciones religiosas o usos ciudadanos, emplear las redes de información como arma, intentando sin éxito urdir frases coherentes, cayendo siempre en la dispersión del lunático, en la ofensa, en el improperio y el bulo, en la mentira descarada, son pasatiempos preferidos, cuando los segundos logran pausar sus orgiásticas parrandas. Lo guía y alimenta la envidia, la inquina, ojeriza, repulsa, hacia el mayor, hacia el inalcanzable referente llamado Álvaro Uribe Vélez, a quien sueña disputarle el perdurable favor popular.
Ayer, el enemigo de turno a maltratar fue el Consejo de Estado; antes, la Corte Suprema, la semana anterior, el Congreso Nacional; en meses anteriores, el Fiscal General, los fiscales y jueces relacionados con el caso de su hijo, los industriales, los banqueros y comerciantes; los ricos por ricos, por dominadores, por explotadores; los pobres por pobres, porque no se educaron, porque no se movilizan ni pelean contra los supuestos opresores; las mujeres por débiles objetos de placer “bajo su consentimiento”, que “gustosas” se muestran con matarife en bola, su ministro estrella, Bonilla, por haber hecho “lo mismo que sus antecesores”, sobornando congresistas con sumas astronómicas -de lo cual estaba perfectamente enterado el presidente, al decir del ahora ex. Contra todos, partidarios u opositores, sus irreflexivas reformas, las alzas en combustibles y peajes que ralentizan la movilidad, el turismo, el consumo, la multiplicación burocrática, al mismo ritmo de los narcocultivos, la explosión de inseguridad rural y urbana, la entrega del país a las bandas armadas, el deterioro de todas las variables macroeconómicas. Este, amigos, es el cambio.
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