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El error del pensamiento parroquial 

Camilo Andrés López Leal

domingo, 18 febrero 2024

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Hace pocos días en un video en YouTube el filósofo colombiano Carlos Eduardo Maldonado presentó una genial exposición bajo el título Tres errores del pensamiento, devenidos de las filosofías de Platón, Aristóteles y Descartes. Excelente martillar ídolos intelectuales y muy necesario continuar advirtiendo de esas dicotomías, lógicas binomiales y planas que angustian todavía las vidas … Continuar leyendo

Hace pocos días en un video en YouTube el filósofo colombiano Carlos Eduardo Maldonado presentó una genial exposición bajo el título Tres errores del pensamiento, devenidos de las filosofías de Platón, Aristóteles y Descartes. Excelente martillar ídolos intelectuales y muy necesario continuar advirtiendo de esas dicotomías, lógicas binomiales y planas que angustian todavía las vidas en sus diferentes dimensiones y tiempos. A propósito, podemos mencionar otro de esos fenómenos dicotómicos con los cuales nos movemos cotidianamente, que refiere a mirarnos a nosotros mismos en lo individual y en lo comunitario con optimismo exagerado o con pesimismo desmesurado, como dice la politóloga internacionalista Sandra Borda. Vivimos en los extremos de un péndulo, juzgándonos como lo mejor de lo mejor o lo peor de lo peor, sin darnos por enterados del resto de la trayectoria, proceso o espacio-tiempo de la existencia. 

Desde la institucionalizada y mercantilizada vida que nos ofrece la época, hasta los momentos más íntimos o comunitarios ponemos la mirada propia en el extremo de lo perfecto o de lo imperfecto. Esta es una situación que no perdona sectores sociales pues podemos recopilar evidencia de ello en lo político, económico y también en los espacios académicos o de gestión cultural que aunque consideran vivir en el pensamiento crítico, no están libres de caer en pensamiento parroquial, en especial en estos territorios que habitamos, pues constantemente se escuchan las versiones de vivir en el “paraíso” así como las versiones de vivir en el infierno. 

Una mirada de comparación acrítica y, por tanto parroquial, se hace cuando se considera que no se tiene lo que otros tienen allá afuera, en otro territorio o sector, otra ciudad o país; por ejemplo, en las investigaciones sobre historia de la filosofía en Colombia esto se presenta como el mito de la “normalización de la filosofía”, ese de creer que la filosofía solo es europea o que los autores que hablan de filosofía son los europeos. Otra mirada de comparación acrítica y parroquial ocurre cuando consideramos que no tenemos la capacidad para abordar una tarea debido a que nuestra trayectoria de vida o, nuestro capital cultural, social y económico, no es el adecuado para esta tarea; en concreto, esto ocurre cuando consideramos que solo tendrá satisfacción y llegará a un logro académico o intelectual el individuo que tuvo condiciones académicas o intelectuales similares a las de la meta cumplida: el mito de que será buen profesor el buen estudiante, el mito de que solo será escritor el hijo de escritor o intelectual, el mito de que no podré superar una condición de fracaso académico o intelectual. 

Las capacidades humanas y las de la vida son muy potentes e inciertas, no hay determinación a tales o cuales condiciones de existencia. Las condiciones iniciales no necesariamente son determinantes en condiciones futuras de vida. Sacudirnos del pensamiento parroquial implica creer en la transformación de nuestras condiciones de existencia, hacerlo con la confianza de ver los cambios emergentes que se van presentando y, por tanto, si ponemos una meta, no forzar el recorrido para llegar a esta, sino disfrutar de los caminos que se abren, de los cambios del paisaje, de los tiempos que se proponen y sentir cada tropiezo como una experiencia nueva, como lo dice el poema Camino a Ítaca de Cavafis: Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin aguantar a que Ítaca te enriquezca. 


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