Paradoja que vivo y confronto hace ya varios meses: habitar un lugar que me fascina por su ubicación entre rural y urbana, por la luz, el aire, limpios coinvasores de sus espacios, por el recogimiento espiritual e intelectual que alcanzo en cada vez más escasos momentos de silencio exterior, y por la amplitud interior, suficiente y bien dispuesta para mi comodidad; hasta ahí el lugar ideal para un ermitaño redomado y resignado; pero por desgracia y en simultánea, soportando en el mismo nido un martirio cuasipermanente que desafía la más meritoria paciencia, el aguante, por momentos a punto de agotarse.
El vecindario inmediato, cuyo bullicio se sienta a mi mesa, se acomoda en la sala, cocina conmigo, va al sanitario, a la ducha y se acuesta en mi cama, lo integra una familia de extensión infinita, según deduzco con el paso del tiempo, pues cada día crece y se renueva en las docenas o veintenas de asistentes, a interminables sesiones de juegos de mesa y ¡de tejo!!, a escasos metros de estos pobres oídos, acompañadas de… ¿cómo llamar al detritus sonoro del altavoz?, a volumen inaudito, desde mucho antes de mediodía, cualquiera en la semana, hasta más allá de medianoche. Sumemos los dados, los miles de choques cotidianos contra el vidrio del parqués; el estallido y humo de las mechas detonadas, del tabaco, de gritos, imprecaciones, protestas, celebraciones y riñas… todo ello viene minando mis reservas anímicas. En la práctica, el lugar funciona como club fami-social de particulares características; quienes toman asiento en las mesas de juego o en las canchas de turmequé, saludan o se despiden de los demás con cálida familiaridad. Ignoro cómo se cubren costos o consumos, de qué manera suplen horas y horas entregadas al prosaico azar. Pensar que antes de llegar a este lugar, de ceder a la seducción del primer golpe de vista, me vi obligado a renunciar a mi propia vivienda por el inmisericorde acoso de la chiquillada barrial que adoptó el antejardín como sede predilecta de sus ruidosos juegos…Cuando arribé acá con mis corotos, a la vista los tableros redondos, el rectángulo de lodo con el bocín central, no oculté obvias prevenciones que la casera se apresuró a minimizar: -No se preocupe, los encuentros de tejo son muy esporádicos y colocan la música a bajo volumen. Meses después, ante mi queja vía WhatsApp, una soleada tarde de domingo, su respuesta me dejó helado: -yo igual estoy encerrada en mi habitación; ¡sufro por usted y sufro por mí misma!
En el instante, lucho por triunfar en mi interior contra una de las peores noches que he enfrentado. Me sirve intentar describir la tortura. Mi idea inicial era otra, era relatarte, comentarte, amiga del alma, vivencias recientes en otros planos de realidad; pero mírame acá, luchando contra el aturdimiento producido por el ruido exterior. Tendré que buscar momentos y lugar más propicios para cumplir el propósito.
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