Guillermo del Toro convirtió a Frankenstein en un personaje de Disney. Una película entretenida, sí, pero que, en mi criterio, no pasará a la historia más allá de la conversación momentánea.
La reciente película del director mexicano ha provocado una conversación mundial. Millones ya hemos visto este largometraje basado en el libro que Mary Shelley escribió hace más de dos siglos. Había expectativa: lectores y cinéfilos esperábamos una fusión fascinante, especialmente después de la poderosa versión de Pinocho que Del Toro realizó en años recientes.
Las editoriales, siempre atentas al pulso cultural, aceleraron las reimpresiones del clásico. No era para menos: el estreno mundial estaba fijado para el 7 de noviembre, justamente en el mes en el que —según narra Shelley— el monstruo abrió los ojos por primera vez en aquella “lúgubre noche” que marcaría la literatura universal.
Ese día comencé a ver la película en Netflix. Tuvieron que pasar otras dos noches para terminarla. Verla fragmentada terminó siendo una ironía inevitable. En cine la habría visto en una sola sentada; quizá el impacto sería distinto. Pero en casa bastó y sobró.
Su estética es prodigiosa. La fotografía, el vestuario y las escenografías son impecables. Sin embargo, algo no encaja: la criatura de Del Toro no es el ser espantoso que Mary Shelley describió como alguien cuya piel amarillenta “apenas cubría la obra de músculos y arterias”, cuyos dientes perlados contrastaban con “unos ojos aguanosos” y “unos labios estirados y negros”. En la novela, Víctor Frankenstein —el creador del monstruo— retrocede horrorizado y reconoce que la animación convirtió a su obra en un ser que ni el propio Dante habría podido imaginar: “Una momia […] no podría ser tan espantosa como aquel desdichado”.
En la película ocurre lo contrario. El monstruo nace casi perfecto, bello incluso. Conserva los rasgos triunfantes del actor que lo interpreta. No provoca rechazo: provoca ternura, atracción, simpatía inmediata. Tanto, que la protagonista se enamora de él en cuestión de segundos. A partir de ahí, la atmósfera del relato cambia de registro. Ya no es el horror filosófico de Shelley, sino algo más cercano al universo de Disney.
Los colores, los giros de la historia, las amistades repentinas, las lágrimas de amor y rabia… todo empieza a moverse bajo la estética del famoso castillo americano. El monstruo de Del Toro podría ser un muñeco de Mattel, solo le faltó una caja de juguete. Incluso, es muy parecido al Dr. Manhattan de Watchmen.
En fin. La historia termina atrapada entre un bueno que no es tan bueno y un malo que siente demasiado. Intenta cerrar como el libro, con un barco y un horizonte en penumbra, pero hay tanta postura artificial que uno esperaría ver a Jack Sparrow ayudando a empujar el barco.
Aun así, esta película hay que verla. No porque sea la mejor adaptación, sino porque permite volver a Shelley, a su monstruo verdaderamente terrible y trágico, y a esa antigua advertencia sobre la belleza, la creación y sus consecuencias.
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