Pocas veces me he avergonzado de ser colombiano, o quindiano, pero sí ha sucedido. Me he sentido apátrida, porque lo primero que nos inculcan en la escuela, y hasta en los estudios superiores, es que el país, la familia y la madre son incuestionables, impermeables y, en especial, razones profundas del corazón: inefables. Pensar distinto, según esa receta, nos hace culpables de algo, casi criminales somos.
Pero no es así. Me avergoncé de ser colombiano cuando descubrí lo que le hicieron a un tío mío en un potrero, donde los guerrilleros liberales lo picaron con un machete, por los lados de La Virginia, en Calarcá. Ocurrió lo mismo cuando leí en los libros de historia sobre el corte de franela en la violencia, un mohín macabro, y luego lo vi, en las palabras de la novela Viento Seco, de Daniel Caicedo.
Me avergoncé cuando supe que Pastrana padre, legitimado por el partido liberal colombiano, se había robado las elecciones de 1970.
Me abochorna la crueldad intrínseca en millares de colombianos, que prefieren mirar para el páramo en tanto mueren ciudadanos de hambre. Me da pena ajena lo que defienden las élites políticas y económicas de nuestro país. Esa seudo aristocracia falsa e ignorante que nos quiere amarrar a sus intereses torcidos.
Me explico. Hace cuatro años millones de colombianos vieron en el ingeniero Rodolfo Hernández, y en su fórmula vicepresidencial, una señora dizque académica, casi analfabeta funcional, Marelen Castillo, una posibilidad política para Colombia.
El señor Hernández era un politiquero, un empresario, medio arrabalero, tosco completo, que había exprimido las finanzas de su ciudad, y que con su hijo montó un negocio personal con recursos públicos. Lo vimos en sus videos de misógino y atrabiliario y, no obstante, millones de colombianos salieron, a las calles y en la prensa, a apoyarlo. Casi gana las elecciones.
En el Quindío, por ejemplo, 152.000 habitantes votaron por él, y le ganó al actual presidente de la República. ¿No es vergonzoso para nuestro departamento, que se haya votado en mayoría por un hombre como Rodolfo Hernández?
Ahora, con el señor De la Espriella puede ocurrir similar. Resulta que el tipo es un abogado que ha defendido desde la pirámide de Murcia, el estafador, quien lo acusa, hasta las andanzas de un testaferro de Maduro. Desde la causa uribista hasta las patrañas de Pastrana, hijo, el expresidente evidenciado en los documentos de Epstein, el pedófilo ya muerto en Estados Unidos.
Y lo digo porque en el Quindío ya engrasaron la maquinaria de Creemos, el partido que permitió la elección del actual gobernador, facción de garaje que salió a apoyar a la presidencia en Antioquia a De la Espriella. Es más, desde sus medios prepagos, ya enaltecen a una desconocida acá, a una señora Juliana Gutiérrez, hermana del nefasto alcalde de Medellín Federico Gutiérrez.
De sus más de cinco millones de firmas, recolectadas por firmas especializadas, y por señoras de alcurnia en Armenia, el 62 por ciento son ilegítimas, por ser inventadas o por no cumplir los mínimos requisitos de ley.
De La Espriella es un fraude, vestido de matachín.
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