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El narrador invisible

Mauricio Hernández

miércoles, 21 mayo 2025

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Hay escritores que miran a sus personajes desde la distancia, tomando notas como quien recopila hechos. Y hay otros —pocos— que logran ingresar a sus vidas, habitar sus gestos, respirar el mismo aire que ellos sin ser notados. Gay Talese pertenece a esta segunda estirpe. Leer Retratos y Encuentros es descubrir la delicadeza de un … Continuar leyendo

Hay escritores que miran a sus personajes desde la distancia, tomando notas como quien recopila hechos. Y hay otros —pocos— que logran ingresar a sus vidas, habitar sus gestos, respirar el mismo aire que ellos sin ser notados. Gay Talese pertenece a esta segunda estirpe. Leer Retratos y Encuentros es descubrir la delicadeza de un narrador que no solo cuenta historias, sino que las encarna, las camina, las deja madurar en silencio antes de poner la primera palabra sobre el papel.

El poder narrativo de Talese no se sostiene en el escándalo ni en la revelación urgente, sino en la construcción paciente del relato. Su estilo se funda en una ética de la mirada: observar, esperar, escribir sin traicionar al personaje ni a la complejidad de la vida. En lugar de preguntar, Talese escucha con el cuerpo entero. En lugar de adjetivar, muestra. En vez de apresurarse, acompaña.

Uno de los momentos más ejemplares de esta maestría es su célebre perfil «Frank Sinatra está resfriado». El cantante nunca le concedió una entrevista. Sin embargo, Talese logra narrarlo desde los márgenes: las conversaciones que lo rodean, los movimientos de quienes lo cuidan, los silencios que impone su malestar físico. El texto no gira alrededor de Sinatra, sino que orbita en su atmósfera, capturando con precisión los matices de una figura que, aun ausente, está en todas partes. Es un reportaje sin entrevista, pero lleno de verdad, construido desde la periferia del mito, y elevado por una escritura que no necesita certezas para revelarlo todo.

Otro retrato inolvidable es el de Floyd Patterson, campeón mundial de boxeo, en el texto El perdedor. Talese no se concentra en los golpes, sino en el miedo, en la intimidad de un hombre que duerme con disfraces en su maleta para evitar ser reconocido cuando pierde. Un boxeador que teme a la vergüenza más que al dolor, y que se sabe vulnerable incluso cuando todos lo ven invencible. Es ahí donde Talese se instala, no en el cuadrilátero, sino en la antesala emocional de la derrota, donde se revela la verdadera humanidad.

Ese mismo pulso recorre los otros perfiles: el silencio de Joe DiMaggio, la fragilidad elegante de Peter O’Toole, la espera del Hemingway que ya no está, la rutina obsesiva de Joe Louis. Talese no busca personajes extraordinarios, sino momentos exactos en que lo extraordinario se vuelve íntimo, reconocible.

No nos entrega historias, nos entrega presencias. Y en esa presencia —densa, contradictoria, a veces incómoda— reside el corazón de su obra. Leerlo es recordar que el periodismo narrativo no consiste solo en escribir bien, sino en saber desaparecer para que el otro pueda aparecer entero, atrapándonos en medio de sus luces y sombras.


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