Uno vive grabando una película sin darse cuenta. No una de esas superproducciones épicas, sino una hecha de escenas sueltas, a veces mínimas, otras inesperadas. Los años definen los nombres de estas películas: 1986, 1998, 2020. Yo, al 2025, prefiero llamarle El oro que no fue.
Todo debe comenzar con un contexto. No soy un deportista élite. Nunca lo he sido. Practico algunos deportes que me apasionan y que me permiten, al menos, oxigenar el cuerpo. Corro para sentirme vivo, para ordenar ideas y para dormir en paz. Corro como amateur, sin pretensiones heroicas ni pendiente de las marcas triunfales.
Desde esa lógica, este año se me ocurrió representar a la universidad en unas competencias nacionales de atletismo. Serían en Medellín, en agosto. Terminé inscrito en tres distancias: 10K, 5K y 1500 metros. Hasta ahí, todo parecía razonable. Esas pruebas ya las había corrido antes. Con sufrimiento, sí, pero dentro de mis límites conocidos.
Sabía que iba a competir, no a pasear ni a hacer turismo deportivo. Tampoco a dejar en alto a la institución con tiempos memorables. Tengo bastante claro mi lugar en estas lides: hago parte del numeroso grupo de los brutos, pero decididos. No soy el más rápido, pero tengo la obstinación suficiente para aguantar cuando el cuerpo pide tregua.
Sin embargo, al llegar a la competencia, algo cambió. La organización hizo dos anuncios que alteraron el guion: no habría carrera de 1500 metros y, para no ser descalificado, cada atleta debía competir mínimo en tres pruebas. Con esa información, yo quedaba automáticamente fuera del torneo.
Pero, como ocurre en algunas películas —y en la vida real— apareció un giro improbable. Por arte de magia, alguien me inscribió en una prueba que jamás había corrido: el relevo 4×400 metros. Velocidad pura. Explosión. Todo aquello para lo que ni mi abdomen cervecero ni mi cuerpo de fondista lento estaban diseñados.
Correría junto a tres atletas más. Jóvenes, veloces, entrenados, con medallas previas y técnica depurada. Yo, en cambio, un novato en pista, con físico más cercano al lanzador de bala que al velocista elegante. Todo estaba cantado. El desenlace parecía escrito antes de la largada.
El día llegó. Sábado en la tarde, Medellín en su mejor versión, esa ciudad que presume de eterna primavera. Tenía una ansiedad silenciosa, contenida, y una certeza básica: solo debía correr hasta la meta. Nada más. No ganar, no destacar. Llegar. Correr lo suficientemente rápido para no ser un estorbo, pero sin excederme al punto de quedarme sin aire a mitad del recorrido.
Además, debía concentrarme en no soltar el testigo cuando uno de mis compañeros me lo entregara. Ese bendito palo. Una tarea compleja para alguien que, incluso yendo por arepas, suele quemarse las manos.
Todo estaba dispuesto. La pista, los rivales, el público, mis límites. Y entonces, en plena carrera, ocurrió algo que no estaba en el guion. Algo que explicaría, más adelante, por qué este año, esta película, no podía llamarse de otra manera.
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