Todo ocurrió muy rápido. Demasiado rápido para pensar. Yo, fondista amateur y nada velocista, había terminado corriendo —por una decisión que nunca entendí del todo— una prueba de relevo 4×400 metros para la que no estaba hecho.
El testigo salió de mis manos y pasó a las de Karen mientras yo cruzaba la zona de relevo con los pulmones ardiendo y el corazón golpeándome el pecho. Me dejé caer de rodillas sobre el pasto sintético al lado de la pista.
Ahí me quedé. Exhausto. Tratando de volver a respirar. Desde el suelo vi cómo Karen remataba la carrera con una solvencia que parecía irreal. Cruzó la meta en primer lugar. Y entonces ocurrió lo impensable: ¡habíamos ganado la medalla de oro!
Lloré. Lloramos. Gritamos. Yo miraba al cielo sin entender del todo qué había pasado. Ganar una medalla estaba en la mente de algunos. No quedar de últimos rondaba la cabeza de la mayoría. No ganar nada era, siendo honesto, mi proyección silenciosa. El oro no estaba en los planes de nadie.
El equipo lo conformábamos cuatro corredores. Karen y Nata, dos mujeres poderosas, veloces y experimentadas; Alberto, que llevaba poco tiempo corriendo, pero ya funcionaba como una máquina bien calibrada; y yo, un amateur de distancias largas, cuerpo poco aerodinámico y escasa vocación para la explosión rápida.
Treinta minutos antes de la carrera ensayábamos el pase del testigo con una botella de agua. Cinco minutos antes, nos explicaban las zonas permitidas para el relevo. Qué cosa tan difícil coordinar una mano medio abierta, un cuerpo lanzado a toda velocidad y un palo que no puede caerse bajo ninguna circunstancia.
A Alberto le tocó salir primero. Se enfrentó a las gacelas de los otros equipos y resistió. No dejó que nos sacaran ventaja. Luego vino Nata. Qué mujer tan fuerte. En una curva descontó la corta distancia que nos tenían y dio vuelta a la carrera. Ella me entregó el testigo siendo primera.
Corrí sin pensar. Corrí como si esos 400 metros fueran los últimos de mi vida. Corrí para no morir. Saqué fuerzas de un lugar que aún no logro identificar. En la recta final apreté los dientes. Me sabían a sangre. Entregué el testigo a Karen estando primeros. Ella hizo lo suyo. Remató con autoridad. Dejó atrás incluso a varios hombres. Cruzó la meta.
Mientras celebrábamos, había un murmullo. Los jueces deliberaban. Hubo una denuncia: algunos de nuestros compañeros nos alentaron desde una zona prohibida. Invasión de pista. Reglamento. Descalificación. Nos quitaron la medalla después de haberla ganado.
La medalla se nos esfumó como el hielo que se le deshizo al mapache al borde del agua. Hoy entiendo que aquella carrera se parecía demasiado a este año. Todo estuvo ahí, al alcance de la mano, y aun así se esfumó. No quedó el metal, ni la foto oficial, ni el registro. Quedó otra cosa: la respiración agitada, el temblor en las piernas, la certeza de haber corrido cuando no había razones para hacerlo. El oro que no fue es la propia experiencia.
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