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El otoño del patriarca

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 21 junio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hace pocos días la noticia se regó como pólvora por las redes. Un grupo de colombianos, en una plataforma de campañas y firmas, pedía el retiro de la política del senador de la República Álvaro Uribe Vélez. En pocas horas, millares de colombianos se lanzaron al mundo virtual a pedirle al ex presidente que se fuera a jugar con sus nietos.

 

Otros compatriotas, indignados por el pedido a su “Presidente Eterno”, armaron a las volandas otra campaña y trataron de defenderse de la arremetida mamerta, así la tildaron, al ruego de que el señor Uribe Vélez vaya a descansar en una de sus fincas, en Rionegro o en el Ubérrimo.

En mi caso, corrí a buscar la petición para firmarla y ayudar con mi deseo a los millares de idealistas que ven en el retiro de Uribe Vélez un bálsamo para los males colectivos, una sanación espiritual pertinente para la tragedia andina que vive Colombia desde hace más de doscientos años.

Me detuve a tiempo. El fogonazo de un recuerdo me lo impidió. Rememoré la deslumbrante escena inicial del Otoño del Patriarca, donde el narrador describe los escombros y los gallinazos que rodean la muerte del tirano, y esa imagen surrealista de una vaca que mira impasible desde un balcón de la casa presidencial. Imaginé los desvaríos del dictador cuando designa a Bendición Alvarado, su madre, como santa patrona de la nación. Y también me acordé de que Zacarías, el patriarca, había intentado cambiar los libros de historia, con el objeto de que las nuevas generaciones pensaran bien de él y de su obra de gobierno.

¿Por qué queremos, pensé, acabar de un plumazo con la presencia de nuestro patriarca en la política colombiana? ¿A qué le tememos si él se levanta temprano, toma su celular, calza sus crocs, llama al Palacio de Nariño, desayuna con su guardia pretoriana — La señora Holguín, Macias, Obdulio, Paloma, en fin — y recita uno de sus mantras o toma sus gotas de Valeriana?

García Márquez describe bien en el Otoño de Patriarca, como lo hace Vargas Llosa en la novela La Fiesta del Chivo, la indignidad de un país que se somete a los designios de un dios sobre la tierra. Pierde esa nación su libre albedrio, denosta de la ley, arremete contra la racionalidad, exalta la emotividad corrosiva y empieza a creer en el estúpido milagro de la omnisciencia.

¿Porqué deseamos eliminar a Uribe Vélez? ¿Qué nos hace responder con las mismas lógicas de desaparición o de negación de nuestras oscuridades ante el asedio de las mismas?

Necesitamos a Uribe Vélez en nuestro destino colectivo. Su figuración, dramática, nos recuerda en vivo lo que somos o podemos ser muchos de nosotros: megalómanos, arribistas, vengativos, doble moralistas, simuladores e impotentes para resolver nuestras diferencias con la palabra argumentativa. ¿Para qué queremos eliminarnos entre nosotros? ¿Por qué esa proclividad a enterrar el espejo que evidencia el rostro de la crueldad?

 La idea del Centro democrático de un referendo para destruir nuestras precarias instituciones, para arrasar las Cortes, para adueñarse de un congreso chiquito, ese salto al pasado, debemos confrontarla con los ojos puestos en la Medusa y en su cabellera de serpientes venenosas.

Los jóvenes, las nuevas generaciones, requieren de la realidad y la metáfora uribista: es imprescindible para derrotarlas y deconstruirlas en las aulas, en las calles y en las urnas de votación.


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