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El perezoso trabaja doble

Mauricio Hernández

miércoles, 31 diciembre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hice una bola irregular con la hoja cuadriculada del cuaderno de matemáticas. Antes de eso, había borrado una y otra vez la división que minutos antes la profesora puso en el tablero. La bendita operación no me daba y ya la frustración empezaba a convertirse en delgados fragmentos de borrador de nata.

Los cuatro o cinco cuadrados pequeños en los que intentaba hacer el ejercicio matemático estaban desapareciendo. Esas líneas tenues grises, que guían la escritura numérica, se convirtieron en una mancha sin forma. La superficie de la hoja ya se había fatigado lo suficiente como para horadarse en cualquier momento. Era mejor arrancarla del cuaderno.

En un salón de niños en el que hay más sonidos agudos de niños gritando que silencios sepulcrales, el rasgado de una hoja suena más fuerte que todos los sonidos juntos de niños conversando. La profesora de quinto me miró cuando lo hice y me alzó una ceja. Yo hice como si no fuera conmigo. 

Con mis manos hice una bola de papel que la imaginación convirtió en un balón de baloncesto Spalding. Miré con una fijación pretenciosa la papelera que había a dos metros del pupitre. Mientras medía la distancia, la muñeca de la mano derecha simulaba una y otra vez el movimiento que debía de hacer, para que el improvisado balón pudiera llegar hasta allá.

Dispuse la concentración para una cesta épica. El cálculo era preciso. Lo último en que pensaba era en la división no realizada, la hoja rasgada, y la mirada y las palabras que en ese instante la profesora clavaba en mí: «Andrés Mauricio, recuerde que el perezoso trabaja doble». 

Sonreí pese a que aquellas palabras eran casi siempre clarividentes y estaban llenas de sal. «Profeee, no me eche la sal», pensé en responderle. Solo hice una mueca maliciosa. Estaba seguro de mi tiro y de mi cesta. Nada lo impediría. Ni siquiera la mala suerte que sobrevenía de aquellas palabras de adulto. 

Previo al lanzamiento, congelé el ruido de mis compañeros. Saqué de mi mente la incrédula mirada de mi profesora. Lancé. De la mano salió un tiro sutil y preciso. La parábola de la bola de papel era perfecta. Mis compañeros estaban en lo suyo. Solo la profesora y yo estábamos pendientes del resultado final del tiro. 

Por las ventanas oxidadas de aquella escuela de los noventa no estaba entrando el viento, así que no había ninguna corriente que pudiera desviar el balón. La bola de papel amasada con mis manos empezó a descender hacia la caneca verde. Estaba a punto de lograr una de esas pequeñas victorias cotidianas. También, estaba a nada de evitar ese esfuerzo de ir a botar la basura. 

«Te lo dije», me dijo sonriente la profesora. Me rasqué la cabeza y frote con las manos mi cara de frustración. La hoja de papel pegó en el borde de la caneca y salió disparada hacia el guardaescobas de la pared. Suspiré. Me levanté del puesto, boté la hoja y me senté a terminar la división.


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