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El poder supremo

Óscar Piedrahíta

lunes, 19 abril 2021

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El viernes se celebrará el día del Idioma. En 2010 la ONU estableció los “Días de las lenguas” para celebrar la diversidad cultural y multilingüismo y fue decretado el 23 de abril como “día de la Lengua Española”, aunque en Colombia se estableció mediante el decreto 707 del 23 de abril de 1938.  El origen tiene que ver con … Continuar leyendo

El viernes se celebrará el día del Idioma. En 2010 la ONU estableció los “Días de las lenguas” para celebrar la diversidad cultural y multilingüismo y fue decretado el 23 de abril como “día de la Lengua Española”, aunque en Colombia se estableció mediante el decreto 707 del 23 de abril de 1938. 

El origen tiene que ver con la intención de rendir homenaje al que ha sido considerado el máximo exponente de nuestro idioma, Miguel de Cervantes Saavedra, a quien se debe la magna obra: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”.

La palabra es el poder supremo y el día del Idioma es la ocasión para tomar consciencia de ello y darnos cuenta de la manera en la que lo estamos usando, pues tiene gran capacidad de influencia en la mente y emociones de los demás y puede ser fuente generadora de esperanza, alegría y reconocimiento, o lo contrario. Dependerá de la intención del corazón y la capacidad de observarse a sí mismo, escucharse y orientar la voluntad hacia la creación de palabras útiles, oportunas y proactivas. Algunos elementos pueden tenerse en cuenta para hacer del lenguaje una fuerza que transforme corazones, pensamientos y acciones, quizás de muchos y tal vez, sea el camino para crear un mundo mejor.

Primero. Recordar que el poder de la palabra, nos impacta primero a nosotros mismos. Cuando hablamos con optimismo y nos enfocamos en la posibilidad, cuando construimos palabras de gratitud y alegría, ello incide en nuestro estado de ánimo y en la disposición hacia los días, las personas y sucesos. Cuando nos expresamos de otra manera, generamos el efecto contrario.

Segundo. Decir lo bueno, notarlo, reconocerlo y verbalizarlo. Por alguna razón, quizás propia de la condición humana, se facilita más percibir lo que nos incomoda o en nuestro concepto debe cambiar, que aquello que está bien o es grato. Es importante enfocarse en ver lo que merece reconocimiento, conectar con la gratitud, exaltar cualidades y logros.

Tercero. Entender esta sencilla verdad: “Cuando hablo bien de otros, hablo bien de mí”. Difamar, disociar o desacreditar, es algo que ocurre con facilidad y puede incluso resultar placentero, sin embargo, erosiona y destruye: la honra de otros, su ánimo y las relaciones interpersonales. Es necesario que hablemos bien: del país, la ciudad, la familia, los que amamos y de nosotros mismos.

Cuarto. Aprender a trascender de la crítica a la propuesta. Claro que la palabra debe servir para contar lo que molesta, preocupa o requiere modificarse, por supuesto que usar bien el lenguaje no significa decir solo lo bonito y callar lo negativo, para mantener las buenas vibraciones y la paz. A veces es necesario expresar: enojo, insatisfacción o malestar. Sin embargo, quedarse en ello es poco práctico y si bien puede servir como desahogo, no siempre contribuye a que lo que debe cambiar lo haga. Es necesario decir, con claridad, que es lo que se espera o desea y así, lograr que las letras construyan puentes entre las almas y los pensamientos y no densos muros que a veces resulta imposible derrumbar. 

Que la palabra sea fuente de lo mejor y el buen uso del idioma permita mejorar el entendimiento entre los seres humanos. 
 


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