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El puerto de Cristóbal

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 21 mayo 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

A Colón, extremo norte del istmo, a su muy nombrada Zona Libre, arribé por vez primera, hace la friolera de cuatro y media décadas. Era usual entonces el transporte férreo desde y hacia la capital, en vagones de fabricación estadounidense, con prestaciones básicas, que rodaban por territorio de igual nacionalidad, o autos alquilados a bajo … Continuar leyendo

A Colón, extremo norte del istmo, a su muy nombrada Zona Libre, arribé por vez primera, hace la friolera de cuatro y media décadas. Era usual entonces el transporte férreo desde y hacia la capital, en vagones de fabricación estadounidense, con prestaciones básicas, que rodaban por territorio de igual nacionalidad, o autos alquilados a bajo costo. Autobuses de empresas locales no eran opción deseable por desorden en horarios, paradas intermedias y sobrecupos. Las vías dentro de la franja bajo control norteamericano, bien demarcadas, señalizadas, daban idea de buena administración. Policías, militares, de tallas disuasivas, patrullaban, impecables en dotación y uniformes, en vehículos últimos modelos. Construcciones sólidas, prados, arbustos podados; todo lo relativo a la franja del Canal brillaba, refulgía. No así el exterior, territorio nacional panameño, donde las realidades de América Latina se hacían patentes. El reticulado sector comercial libre de impuestos del puerto, donde turistas y comerciantes hacían sus compras, en locales y bodegas de pulcra presentación, por ejemplo, contrastaba con calles exteriores pestilentes, apenas a medias asfaltadas, construcciones de comienzos del siglo XX en penoso deterioro, impresión de desorden e inactividad laboral. Coincidían allí, en zona Libre, gentes de todas las nacionalidades, atraídas por la oferta de bienes de variados orígenes, ante todo de países orientales, ya entonces definido su liderazgo orbital en producción de manufacturas. Vino luego el remezón de la apertura comercial, la eliminación de aranceles y restricciones, también promovida como internacionalización de la economía, obligante estrategia globalista impuesta por los organismos multilaterales de crédito, y aplicada en corto lapso, país a país, asegurando el nuevo papel protagónico de China, del oriente lejano, como abastecedores mundiales de todo tipo de productos, favoreciendo el empleo masivo de mano de obra, en obvio perjuicio de economías con tradición industrial como la nuestra. Al tiempo, los comerciantes colombianos y en general latinos, desplegaron alas, estableciendo relaciones directas con fabricantes de aquellos confines, obviando intermediarios, como los de la citada Zona Franca. De los trajinados DC-10 que se surtían en Tocumen y descargaban de madrugada, en minutos, en El Dorado, en Palmaseca, y otros aeropuertos secundarios, con cargamentos subrepticios, nuestros avezados “importadores” dieron el salto cuántico a buques cargueros que colman sus bodegas en puertos chinos, para aligerarlas en puertos colombianos con o sin apego a procedimientos aduaneros.

En virtud de los acuerdos Torrijos-Carter, suscritos en 1977 con el gozoso respaldo de toda América Latina, los Estados Unidos, aceptaron revertir en forma gradual, la posesión soberana de la franja canalera a favor de la República de Panamá. Así, a partir de 1999, el territorio del istmo se reunificó, con sus fortalezas infraestructurales, debilidades y abismos socioeconómicos, bajo una sola bandera. En el puerto de Colón no parecen soplar mejores vientos. Si bien la Zona Franca se amplió bastante y de cualquier manera subsiste, generando dinamismo económico, el desfavorable impacto visual, olfativo, auditivo, se mantiene; más bien, se agudiza. La ciudad “externa”, con tres terminales marítimos en operación, con miles y miles de contenedores rotando entre buques y colosales grúas, no parece dispuesta, en ninguno de los factores, para una sociedad con mejores perspectivas de avance. El colorido cosmopolitismo de rasgos orientales, árabes, afro descendientes, entre otros, no la libra del acoso de factores de atraso y pobreza endémica. Según se escucha, hoy por hoy, los clientes, en ausencia de colombianos, venezolanos, peruanos, etc., son las Antillas e islas mayores del Caribe: Cuba, Dominicana, los más  importantes.


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