La estatua que Juanita Lectora admiró aquella tarde del domingo 17 de agosto era verde por efecto del tiempo, aire, lluvia y sol sobre el bronce. Se enteró que se erigió en honor del líder de los trabajadores del puerto encargados de bajar y subir las mercancías llegadas y salidas de los barcos atracados en el inmenso lago azul profundo.
Alto y flaco el señor de la estatua verde. Sus largas piernas le parecieron a Juanita iguales a las de atletas que corren grandes maratones y la camiseta verde de Rusbel Caminante le hacía ver como su amigo, solo que un poco más grueso y menos alto.
Su nariz larga sobresalía sobre los ojos que miraban de lado hacia Austria, uno de los tres países que bordean el lago Constanza. Juanita Lectora indagó que en alemán se nombra Bodensee. Le sorprendieron las grandes botas del señor verde, parecían similares a las de Gulliver, aquel personaje creado por Jonathan Awift, escritor irlandés, por medio del cual criticó las normas de la sociedad europea de la época y de repercusiones al mundo actual
Rusbel caminante detalló la pipa que sobresalía del bolsillo de su camisa, típico de aquella época, aunque hoy día cantidad de alemanes conservan el hábito de fumar. Pensó que quizás lo más normal de aquellos años era el gorro que lucía el señor verde. Por su forma parecía a los usados en época de invierno, tan ancho en la parte de la frente que cubría también sus orejas, aunque algunos mechones largos y ensortijados que salían por detrás terminaban en un largo penacho. Cierto Rusbel, dijo Juanita, similar a un embudo.
Juanita Lectora observó al lado derecho de la estatua varias casas y la torre de una iglesia. Era Suiza, otro país a la orilla del lago, donde comerían, en familia, después de cruzarlo. A la izquierda del señor verde, el barco que sobresalía por encima de los demás era el que tomarían para ir de Constanza, Alemania, hasta Suiza durante una hora y media de navegación. Agregó Junita que los otros eran veleros de gente con dinero que puede comprarlos para sus paseos familiares. A varias de las cuales Rusbel observó compartiendo comidas y bebidas. Al parecer también jugaban sobre mesas dispuestas para adultos, jóvenes y niños.
Rusbel Caminante advirtió que había comprado los tiquetes y señaló el muelle nueve como punto de partida. Recalcó que deberían caminar unas cinco cuadras para llegar puntuales a tomar el crucero rumbo a Suiza y después a Austria para regresar a Constanza, la ciudad de los zepelines.
Juanita Lectora comentó sobre la manera como el señor verde descansaba sus brazos sobre el muro del muelle e invitó a Rusbel a posar de igual manera. Sonrió al observar la foto. Ambos parecían felices de contemplar un sol rojo intenso reflejado en las aguas azules y limpias del lago Constanza. Pensó en la felicidad de Rusbel por el inminente paseo en barco y del señor verde por haber terminado su trabajo.
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