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El sueño de Manuel

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 3 junio 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Nuestra sociedad se aferra a la inmovilidad. Tiene pavor por lo nuevo y apego tóxico al pasado.  Creo, por ejemplo, que buena parte de nuestras tristezas en la región cordillerana — el llamado drama andino— está adherida a un espíritu bañado en los ríos de la nostalgia. Ríos pesados y cenagosos, cargados de piedras, palos … Continuar leyendo

Nuestra sociedad se aferra a la inmovilidad. Tiene pavor por lo nuevo y apego tóxico al pasado. 

Creo, por ejemplo, que buena parte de nuestras tristezas en la región cordillerana — el llamado drama andino— está adherida a un espíritu bañado en los ríos de la nostalgia. Ríos pesados y cenagosos, cargados de piedras, palos y suciedades de la montaña. Como eran las borrascas de La Sonadora en La Virginia.

Alguna vez, en mi niñez, mi abuelo Manuel, un campesino risueño y dicharachero me llevó a tomar un kumis de botella en una panadería de Génova. Allá me contó cómo había sido una visita de Jorge Eliécer Gaitán a Caldas, en donde él vivía y cómo alrededor de ese hombre mestizo, con rasgos indígenas, de voz metálica y duro carácter, la Colombia profunda, excluida, se fue aglutinando.

Gaitán era una esperanza para los campesinos y obreros. Para los taxistas y artesanos, y en ese momento ni siquiera se hablaba, como hoy, de los derechos de las mujeres, de los niños o de los ancianos. Y menos, en ese tiempo, en 1946, se hablaba del medio ambiente, de los derechos de las minorías sexuales o de la cultura animalista.  La naturaleza, como un todo, era subalterna en el afán de progreso material. Una catedral, ampulosa y casi infinita, que podía ser derribada.

Luego, en la vereda de Bohemia de Calarcá, me contó de la disidencia liberal de Alfonso López Michelsen, y me dijo que él nunca había creído en su buena fe. Latía en el pecho de los liberales de a pie, los que habían usado alpargates, una sospecha. Era una revuelta ideológica con mucho perfume, whisky y palabras rimbombantes. Bastante etiqueta para una revolución en marcha, mucha teoría bogotana desde los clubes capitalinos para lo práctico: tierra, inclusión y derechos.

La aparición de Luis Carlos Galán le dio un sentido político a la vida de mi abuelo, quien no quería morir sin ver, para sus nietos, un cambio. Y nada pasó: asesinaron esa esperanza, porque el disidente liberal no llegó a la Casa de Nariño. Uno a uno, como si fueran un estorbo, fueron asesinando a cualquier hombre o mujer que pensara distinto y se atreviera además a decirlo.

Hay muchas maneras de matar ahora. Puede ser con un tiro o puede ocurrir que un artilugio democrático, o una mentira en redes sociales, haga fallecer las ideas de cambio. 

¿Puede ser Rodolfo Hernández, como Bolsonaro en Brasil o Trump en Estados Unidos, una renovación, cuando su fortuna de millones de dólares fue conseguida con la especulación financiera y con la manipulación de sueños de vivienda?

¿Puede un hombre machista y neurótico guiarnos hacia la paz?

¿Puede un hombre rico e ignorante en asuntos de Estado llevarnos a un cambio, cuando ni siquiera sabe que las reformas, la eliminación de embajadas, pasa por los debates del Congreso de la República?

No podemos abstenernos. Nos queda el voto por Petro o la alternativa del voto en blanco.


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