Muchos ya habíamos pensado que los cambios políticos y estructurales en Colombia eran imposibles. Nos resignamos. Los líderes nos decían que íbamos por buen camino, que teníamos y tenemos una Constitución de derechos, y que solo requeríamos un mayor esfuerzo y, en especial, muchos pensábamos que la violencia de las guerrillas comunistas, anacrónicas y sanguinarias, … Continuar leyendo
Muchos ya habíamos pensado que los cambios políticos y estructurales en Colombia eran imposibles. Nos resignamos. Los líderes nos decían que íbamos por buen camino, que teníamos y tenemos una Constitución de derechos, y que solo requeríamos un mayor esfuerzo y, en especial, muchos pensábamos que la violencia de las guerrillas comunistas, anacrónicas y sanguinarias, nos mantenían alejados de un eventual estado justo, como en las democracias europeas. Era una cortina de fuego y humo, cruel pero distractora.
Ah, y salieron con la idea, casi risible, de la amenaza terrorista permanente, y muchos, ahí no caí yo, imaginaron que esos monstruos, casi alienígenas, habían aterrizado en nuestro territorio desde la guerra civil, prolongada y sin pausa, iniciada en 1948. Lo que no se entendía, y aún no, es que esa guerra civil todavía no culmina y que su armisticio fue solo una manguala entre victimarios.
Nos dijeron que muchos no podíamos estudiar porque en la Universidad solo entraban los mejores o los más adinerados, de acuerdo con una regla de exitismo indolente con los sueños de los jóvenes.
Nos acostumbraron a la mediocridad de un sistema de salud, solo comparable para una mayoría a una extensa sala de tortura para acceder a los servicios. A quienes hemos trabajado en el campo de la cultura, además, nos dijeron que la creación es un lujo y que los gestores y artistas debemos vivir bajo la carpa de la informalidad. Bazofia pura.
Nos dijeron muchas cosas inciertas, imprecisas, y bajamos la cabeza y nos fuimos a rumiar decepciones y a mirar, dentro de nuestras narrativas personales, como justificábamos la cobardía de callar o de acomodarnos, o de mirar para otro lado. Envejecer sin dignidad, tal vez. O contar, en el caso de otros, los lingotes o las monedas de sus privilegios.
Nos faltó mirar la vitrina o el bote de la basura, esculcar más nuestra historia y verificar que muchos antepasados enseñaron un camino para la voluntad.
En febrero de 1948, por ejemplo, Jorge Eliécer Gaitán convocó a su mítica Marcha del Silencio. Llegaron colombianos de todo el país a Bogotá, con una bandera negra y con un grito agolpado en su pecho. En esa época, la Popol o Policía Política, perseguía a los liberales en el campo y los exterminaba.
Esa vez dijo Gaitán:
“Impedid, señor Presidente, la violencia. Sólo os pedimos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo… Señor Presidente: Esta enlutada muchedumbre, estas banderas negras, este silencio de masas, este grito mudo de corazones, os pide una cosa muy sencilla: que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como querríais que os tratasen a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos, a vuestros bienes”.
Los jóvenes de Colombia solo piden que los traten con respeto y dignidad. Ya no pueden, como lo hicimos los mayores, ahogar su voz en el pecho.
- Temas relacionados :
