El alcalde de Calarcá de esa época, ni fu ni fa, nunca entendió el efecto del desastre y cuando ya vino la etapa reconstructiva se coligó con la entidad encomendada, la Federación Nacional de Vivienda Popular, Fenavip, administrada por reinsertados del M-19, que no supo cómo manejar el proceso en el municipio
No podemos en medio del desastre o de su eventual advenimiento crear pugnas, auparlas, o pensar que la opinión pública es coto de caza de intereses políticos o comunicativos. Nada es más difícil de entender que las subjetividades ajenas, y menos cuando tienen un déficit expresivo.
Muchos colombianos sabemos hoy que el gobierno actual es dubitativo, y que ese haz de incertidumbre puede estimular, por omisión, el crecimiento de la pandemia. No obstante, hay que esperar y exigir del Estado que tome las decisiones colectivas requeridas y que entienda que su parsimonia, en ciertos casos, como la experimentada en los aeropuertos o en las terminales de pasajeros, por ejemplo, nos afecta o nos incumbe a todos.
De ninguna manera, como lo hicieron algunos periodistas o algunos analistas de ocasión, podemos caer en la tentación de minimizar la gravedad de lo que está ocurriendo o dejar que las emociones nos gobiernen, en un momento clave, cuando es necesario que acudamos a la ciencia, a los epidemiólogos, a la Organización Mundial de la Salud, a quienes de verdad han estudiado el tema de las pandemias y de los virus, y pueden decirnos qué pasos dar en medio de la oscuridad o de la ambigüedad.
Debemos aprender del pasado, en este caso del terremoto de 1999. El presidente de la República armó una organización que hizo a medias su labor y sus omisiones hoy todavía nos hacen pagar consecuencias sociales. Recuerdo que el gobernador fue desautorizado por el mando central y que poco se atendieron las sugerencias de Henry Gómez Tabares. Asistimos, en ese tiempo, a la feria de vanidades del gobierno central.
El alcalde de Calarcá de esa época, ni fu ni fa, nunca entendió el efecto del desastre y cuando ya vino la etapa reconstructiva se coligó con la entidad encomendada, la Federación Nacional de Vivienda Popular, Fenavip, administrada por reinsertados del M-19, que no supo cómo manejar el proceso en el municipio. El resultado salta a la vista: se perdieron miles de millones de pesos, se crearon adrede cinturones de miseria, no se configuró infraestructura productiva y de empleo y aún, decenios después, ni siquiera sabemos qué pasó y por qué los actos de esa época aún nos impactan.
La pandemia del COVID-19 es un asunto muy serio, de vida o muerte, y no son nuestros políticos tradicionales, acostumbrados a una manera de pensar y decidir, quienes deben tomar las decisiones fundamentales, mientras los epidemiólogos o los organismos internacionales, ya probados en otras tragedias, miran como testigos pasivos el desacierto de nuestras opiniones irresponsables.
Como lo escribió ayer con tino Juan Felipe Gómez, el autor calarqueño: “Más que nunca se precisa medir las palabras y atender a Pessoa cuando dice que una de las maneras de tener la razón es callarse. Sobre algo tan delicado como una pandemia, no todos tenemos algo que decir, pero sí mucho que aprender”.
Apaguemos el ruido a nuestro alrededor. Escuchemos lo que nos dice el virus desde su alegoría. Bajemos el volumen a tanta vanidad expresada en decretos impensados y desconectemos nuestras emociones del sentido catastrófico del drama andino. Valoremos, con plenitud, lo que recetan los expertos, y ya. Ya.
La Organización Mundial de la Salud, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, su director general, ya habló, con suficiente información acumulada. Solo escuchemos, hagamos lo que dicen los expertos, leamos un libro y descansemos la mente y el espíritu.
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