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En el nombre de Dios

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 24 septiembre 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Recordé una máxima dicha por el padre Carlos Eduardo Osorio, antes de ser gobernador, al aclarar que no se podía llegar a tocar al cielo montado sobre los hombros del diablo, ahora, cuando una iglesia evangélica de la costa Atlántica adhiere al candidato presidencial de la Colombia Humana. Lo rememoré por la doble moral de … Continuar leyendo

Recordé una máxima dicha por el padre Carlos Eduardo Osorio, antes de ser gobernador, al aclarar que no se podía llegar a tocar al cielo montado sobre los hombros del diablo, ahora, cuando una iglesia evangélica de la costa Atlántica adhiere al candidato presidencial de la Colombia Humana. Lo rememoré por la doble moral de los discursos políticos, donde al final todo parece valer. 

Y retrotraje esa sentencia del exgobernador, hoy subalterno del cuestionado Defensor del Pueblo, porque fue él quien ayudó a elegir al representante del Quindío a la Cámara, por el Centro Democrático, el partido con más alfiles y jefes corruptos en sus filas.  Y lo dicho y hecho por él es un ejemplo de todo lo que no debería ser en política, una cadena de intereses sectoriales y personales que sacrifican el bien común.

Recordé también la relación del Mira, un partido cristiano, con el municipio de Calarcá, cuando un alcalde hizo la fiesta de la corrupción y de la exclusión. En un mundo moderno, con carta de derechos ciudadanos, la religión debe ser una experiencia del ámbito privado, personal, y la política un ejercicio de la sociedad civil, en construcción de prácticas y ambientes de lo público.

¿Puede un candidato presidencial, como Petro o como Gaviria, ganar las elecciones por fuera del poder deliberado y nefasto de algunos pastores y sacerdotes de iglesias?

Es difícil. Ya vimos como la ultraderecha de Colombia utilizó a las iglesias, a las sectas y a las confesiones de garaje, también, en contra del proceso de paz con las guerrillas de las Farc. Durante 20 años las iglesias cristianas han venido construyendo un poder en las regiones cada vez mayor, tanto que hasta un expresidente les manifestó su gratitud. Reconocimiento que en su mandato retribuyó con beneficios conexos y hasta con propiedades del Estado

¿Puede un candidato liberal como Gaviria, Petro, Galán o Verano de la Rosa o cualquiera otro, acceder al poder sin el aval de las iglesias cristianas y evangélicas del país?

Me temo que no. Esas iglesias, algunas aliadas en el Valle del Cauca o en el Cauca con lavado de activos y  con fenómenos de microtráfico, han configurado un poder de veto o de aceptación tan enorme que pueden dar al traste con los derechos esbozados para las minorías en la Constitución.

¿Sí podía la ultraderecha de Colombia unirse con las confesiones religiosas, para destruir cualquier vestigio de ética pública, y no pueden los liberales católicos hacer alianzas hacia el futuro?

Depende. No deben los liberales progresistas sacrificar el derecho de las mujeres al aborto, de su autónoma decisión; tampoco desechar el matrimonio igualitario para los géneros y comunidades diversas ni negociar la tributación fiscal de las iglesias. Solo se podría suscribir un pacto de inclusión y de convivencia democrática. Pienso, ingenuo pluscuamperfecto que soy.

En el nombre de iglesias de toda laya no podemos doblar rodilla, por cuenta de dogmas de fe, ante la discriminación.  
 


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